Evangelio
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero como ya les he dicho: me han visto y no creen. Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
Y la voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día’’.
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Meditacion:
A menudo, al leer la Biblia, el mensaje de Jesús resulta bastante claro. Por ejemplo, en la parábola del Buen Samaritano (Lucas 10, 29-36) nos dice que ayudemos a otras personas, aunque no las conozcamos o nos parezcan diferentes. A veces, Jesús responde directamente a una pregunta, como cuando el escriba la preguntó cuál mandamiento era más importante: “Ama al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mateo 22, 37).
Sin embargo, en el Evangelio de hoy, que es parte del famoso discurso del “pan de vida”, el mensaje de Jesús escandalizó a sus oyentes. ¿Cómo podía decir él que había bajado del cielo? ¿Cómo podía darles su carne para comer?
Lo que Jesús decía era tanto simbólico como literal y sin duda eso confundió a la gente. Al referirse a sí mismo como el pan de vida, nos llama a confiar en que él es el sustento para nuestra vida. El Señor está diciendo que sus palabras y nuestra relación con él son alimento para el alma.
Pero Jesús también estaba hablando literalmente pues estaba describiendo la Eucaristía, que se convertiría en la máxima expresión de nuestro culto a él. Se refería a que este don podría unirnos con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Sin embargo, los seguidores de Jesús comenzaron a celebrar la Eucaristía recién después de la resurrección. Así que, para ese momento, quienes lo escuchaban no tenían forma de saber a qué se refería. Todo lo que podían hacer era aceptar sus palabras con fe.
Incluso hoy en día, la Eucaristía es misteriosa, desafía la imaginación y solamente el don de la fe nos permite creer en ella.
Después de escuchar el discurso del pan de vida, muchos de los seguidores de Jesús lo abandonaron. Sin embargo, Pedro se mantuvo a su lado. Probablemente él estaba tan confundido como todos los demás, pero creía en Jesús.
Es normal tener dudas sobre nuestra fe. Podemos cuestionarnos una enseñanza de la Iglesia o preguntarnos por qué a las personas buenas les suceden cosas malas. Pero independientemente de cuáles sean tus preguntas, mantente siempre firme en tu fe hasta que Dios te ayude a entender mejor lo que sucede, al igual que lo hizo Pedro.
“Señor, te ruego que me des un corazón humilde que confíe en tu Palabra.”
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