Evangelio
Al atardecer del día de la multiplicación de los panes, los discípulos de Jesús bajaron al lago, se embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafarnaúm. Ya había caído la noche y Jesús todavía no los había alcanzado. Soplaba un viento fuerte y las aguas del lago se iban encrespando.
Cuando habían avanzado unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús caminando sobre las aguas, acercándose a la barca, y se asustaron. Pero él les dijo: “Soy yo, no tengan miedo”. Ellos quisieron recogerlo a bordo y rápidamente la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían
Meditacion:
Muchos de nosotros podemos pensar que para los discípulos fue más fácil creer en Jesús y comprender quién era él de lo que lo es para nosotros. Después de todo, el Señor estaba físicamente ahí con ellos. Pero el Evangelio de hoy parece hablarnos directamente a nosotros, que nos tocó vivir después de la resurrección de Jesús y su ascensión al cielo. En este pasaje que nos narra San Juan, encontramos a los discípulos en aguas profundas, tanto literal como figurativamente. Jesús se había escabullido entre la multitud para subir al monte a orar, dejando atrás a los Doce para que ellos tomaran una barca de regreso a Cafarnaúm. Así que, físicamente, los discípulos estaban lejos del Señor cuando la tormenta comenzó y la barca en la que ellos iban empezó a moverse de un lado para otro, sacudida por la fuerza de las olas y el viento.
Pero aun cuando los apóstoles estuvieran separados geográficamente de Jesús, nunca estaban separados de él espiritualmente. Jesús todavía podía verlos, todavía se preocupaba y cuidaba de ellos. El Señor había subido al monte a orar, y tú puedes imaginártelo a él incluyendo a estos hombres en sus oraciones al verlos cómo luchaban contra la tormenta. Luego, en ese preciso momento en que parecía que la barca se hundía, él se acercó a ellos, calmó el mar, calmó sus temores y los llevó seguros a la orilla.
Muchas veces nos imaginamos que, al igual que los discípulos, nos quedamos solos para enfrentar los problemas mientras Jesús parece permanecer lejos en el cielo, al lado de su Padre y de los ángeles. Pero aquellos discípulos atormentados aprendieron que Jesús no está limitado por su ausencia física, y nosotros necesitamos creer en eso también. Siempre estamos en su mente y su corazón. Jesús ve nuestras luchas y continúa manteniéndonos cerca de él e intercediendo por nosotros ante su Padre.
Si estás preocupado por ti mismo o un ser querido, anímate. Recuerda a los discípulos en el bote. Comprométete a memorizar esta línea del salmo responsorial de hoy: “Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan su misericordia” (33 (32), 18). El Señor te ve, él te tiene en la palma de su mano y actuará justo en el momento indicado.
“Amado Jesús, ayúdame a creer y a confiar en que tú nunca me alejas de tu vista.”





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