Evangelio
Lc 21, 12-19
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Los perseguirán y los apresarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernantes por causa mía. Con esto ustedes darán testimonio de mí.
Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.
Los traicionarán hasta sus padres y hermanos, sus parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida’’.
Meditacion:
La última de las bienaventuranzas de Jesús es para los “odiados, evitados, injuriados, rechazados hasta en el nombre” (Lc 6,22). Los expertos suponen que este macarismo, último de la serie, tiene un origen independiente de los anteriores, y que Jesús lo pronunció hacia el final de su ministerio, cuando comenzó a sentir rechazo y a preverlo también para sus seguidores. Y la Iglesia naciente confirmó pronto la previsión de Jesús.
La misión de la Iglesia implica crítica de cuanto no funciona según el plan de Dios; Jesús denunció muchas cosas y a sus seguidores dejó marcado el camino. El creyente, y más aún si es pastor, catequista o misionero, se convierte fácilmente en aguijón; al parecer, cada año mueren violentamente unos 30 misioneros. Ya en Apoc 6,9 aparecen “los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que habían dado”.
Podríamos dar un gran salto y situarnos en el siglo XX, en Armenia, en España, en la URSS, en el mundo nazi, en algunos países asiáticos, en el Congo… La grandeza de los mártires radica en que “no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Apoc 12,11). No fueron unos vulgares masoquistas; como Jesús, gozaban con la belleza de los pájaros y las flores, buscaban vida abundante para todos; pero, puestos en la tesitura de elegir, se dijeron: “tu amor vale más que la vida” (Salmo 63,3).
Ante este panorama espléndido nos quedan dos advertencias apostólicas:
1Pe 4,15: “que ninguno de vosotros sea perseguido por asesino, ladrón o malhechor”. No vale cualquier sufrimiento. San Agustín decía que al mártir no le caracteriza la pena, sino el motivo.
Tito 3,2: “recuérdales que muestren toda dulzura a todos los hombres”. Incluso cuando el creyente manifiesta obligados desacuerdos, cuando denuncia o corrige, debe mostrar humildad y mansedumbre, nunca desamor o amargura hacia los oyentes.
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