Evangelio
En aquel tiempo, el rey Herodes oyó lo que contaban de Jesús y les dijo a sus cortesanos: “Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas”.
Herodes había apresado a Juan y lo había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, pues Juan le decía a Herodes que no le estaba permitido tenerla por mujer. Y aunque quería quitarle la vida, le tenía miedo a la gente, porque creían que Juan era un profeta.
Pero llegó el cumpleaños de Herodes, y la hija de Herodías bailó delante de todos y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que le pidiera. Ella, aconsejada por su madre, le dijo: “Dame, sobre esta bandeja, la cabeza de Juan el Bautista”.
El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por no quedar mal con los invitados, ordenó que se la dieran; y entonces mandó degollar a Juan en la cárcel. Trajeron, pues, la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre.
Después vinieron los discípulos de Juan, recogieron el cuerpo, lo sepultaron, y luego fueron a avisarle a Jesús.
Meditacion:
El evangelio nos presenta el relato de la decapitación de Juan el Bautista, del mismo modo que en Marcos 6, 14-29 esta narración entra de improviso, como un recuerdo inquietante suscitado por hechos recientes. El precursor del Mesías, profeta de una fuerte personalidad moral, había denunciando, en nombre de Dios, el pecado de Herodes. De algún modo el evangelista nos quiere mostrar que, si la misión de Juan está vinculada con la de Jesús, la muerte violenta y su sepultura pueden también prefigurar la de Jesús.
La voz de los profetas se vuelve incomoda cuando denuncian las injusticias. Como dijo Monseñor Óscar Romero se «mata a quien estorba» y el que dice la verdad estorba. A Herodías le estorbaba Juan el Bautista porque le recordaba su mal comportamiento, lo mismo a Herodes le resultaba incomoda la denuncia del Bautista, atrapado por el quedar bien, decide mandar a decapitar al precursor. La escena dramática nos presenta como el mal se disfraza en la frivolidad del aplauso y en la dependencia de otros que la bailotean. Así se teje una trama donde se cruzan la pasión y la venganza, el miedo y la complacencia, la danza de una doncella y la vida de un profeta servida en una bandeja de un banquete.
El Bautista supo jugarse su vida hasta el final por denunciar valientemente lo que es injusto. El evangelio de Mateo al introducir la narración del martirio de Juan sugiere al lector que Jesús también será condenado por dar testimonio de la verdad. Jesús como lo vemos en el evangelio se entrega hasta el último momento por defender la vida y la dignidad de todos y de cada uno de los hijos de Dios, particularmente de aquellos que no gozan de una dignidad reconocida: los pecadores, los pobres, los marginados, las mujeres.
Es justamente ese testimonio profético de Jesús lo que cautivó a Ignacio de Loyola, cuya memoria celebramos hoy. Desde su convalecencia en Loyola hasta su profunda experiencia mística en Manresa lo que pedía continuamente era «conocimiento interno de Jesús para más amarle y seguirle». Pidamos por su intercesión el don del discernimiento para buscar siempre, como los profetas, la voluntad de Dios. Que San Ignacio nos contagie de su experiencia espiritual para «hallar a Dios en todas las cosas».
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