Evangelio
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Escuchen ustedes lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.
Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.
Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas, la sofocan y queda sin fruto.
En cambio, lo sembrado en tierra buena, representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto; unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta’’.
Meditacion:
Las semillas son un logro destacable de la naturaleza. No solo contienen modelos en miniatura de la planta en que se van a convertir, sino que también tienen un revestimiento exterior que las protegen, junto a un área especial para almacenar los alimentos y nutrientes que necesitan para poder crecer. Sorprendentemente, los científicos no entienden completamente qué es lo que sucede exactamente dentro de una semilla cuando cobra vida.
Es impresionante lo resilientes que resultan ser las semillas. La semilla más antigua que se ha convertido en una planta viable fue la de una flor del Ártico de treinta y dos mil años que fue encontrada enterrada y congelada en la tundra al noreste de Siberia.
Entonces, ¡no es de extrañar que Jesús usara esta imagen de una semilla para describirnos! Nosotros también tenemos todo lo que necesitamos para crecer como hijos maduros de Dios. También somos muy resilientes, y al igual que una semilla, solo necesitamos ser plantados en el ambiente correcto para que el misterio del crecimiento espiritual inicie.
Pero somos diferentes a las semillas de esta parábola pues tenemos la capacidad de saltar fuera de los espinos y la mala hierba, defendernos de las aves y alejarnos de los caminos escabrosos que pueden hacernos tropezar. En otras palabras, nosotros tenemos la capacidad de buscar el ambiente espiritual apropiado y echar raíces ahí.
¿Cómo es tu ambiente? ¿Hay aspectos de ese ambiente que amenazan con ahogar tu fe o mantenerla de forma superficial y sin raíces profundas? Desde luego, no existe un ambiente perfecto, excepto en el cielo, y algunas cosas que nosotros no podemos simplemente cambiar. Sin embargo podemos tomar decisiones que mejoren el “campo” en el cual vivimos.
A veces las cosas pequeñas pueden hacer una gran diferencia, como un poco de fertilizante mezclado en el suelo de un jardín. Tal vez todo lo que necesitas es despertarte diez minutos más temprano para que puedas dedicar un poco más de tiempo a la oración. Y tal vez tu esfuerzo por ser un poco más paciente en la casa puede crear un ambiente que ayudará a toda la familia a ser más paciente.
Tú tienes en tu interior el potencial de ser santo. Todo lo que necesitas es el ambiente adecuado.
“Amado Señor, te ruego que me ayudes a convertirme en la persona que tú sabes que puedo ser.”
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