Evangelio
En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre! Así también ustedes: por fuera parecen justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque les construyen sepulcros a los profetas y adornan las tumbas de los justos, y dicen: ‘Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, nosotros no habríamos sido cómplices de ellos en el asesinato de los profetas’! Con esto ustedes están reconociendo que son hijos de los asesinos de los profetas. ¡Terminen, pues, de hacer lo que sus padres comenzaron!”
Meditacion:
En el Evangelio de hoy, Jesús demuestra que también conocía el corazón de sus oponentes: Los fariseos y los escribas que no podían aceptar sus enseñanzas. El Señor sabía que su apariencia externa, su observancia estricta de la ley, no era un verdadero reflejo de lo que había dentro. En efecto, el corazón de ellos estaba endurecido, cerrado a él y a lo que estaba haciendo en medio de ellos.
Como nos dice el salmista, Dios conoce nuestro corazón realmente bien. ¡Todo lo que hay en él! El Señor conoce nuestros sueños, esperanzas, temores y deseos. También conoce los dones y talentos que tenemos así como nuestras peculiaridades. Dios sabe lo que nos deleita, lo que nos entristece y lo que nos preocupa. El Señor nos conoce en el corazón de nuestro ser.
Con Dios, no tenemos que aparentar. No tenemos que preocuparnos por nuestra imagen. Cuando rezamos, podemos tener confianza, porque nos estamos acercando a Dios que no solo nos creó sino que conoce íntimamente nuestro propio pensamiento y sentimiento.
A veces, la forma en que Dios nos conoce puede hacernos sentir vulnerables y temerosos. Por un sinnúmero de razones, podríamos haber crecido acostumbrados a mantenernos vigilantes, recelosos de permitir que alguien se acerque demasiado a nosotros, incluso el Señor.
Pero Dios es nuestro más grande protector. El Señor jamás nos traicionaría, y no se escandalizará por nuestros errores. ¡Abre tu corazón a Dios! ¡No te guardes nada! Dios ya conoce todo sobre ti, lo malo y lo bueno, y así te sigue amando. Cuéntale lo que está en tu mente. Comparte con él tus luchas con los malos hábitos o pecados, y pídele su perdón y su gracia.
Recuerda: Jesús no viene a condenarnos sino a salvarnos, para derramar sobre nosotros su misericordia y su amor. Dios, nuestro Creador, nos acepta tal como somos, aun cuando anhela vernos transformados. El Señor se deleita en ti, te conoce tal y como te ha concebido para toda la eternidad. Y con esa imagen en mente, siempre te tratará con el mayor amor y respeto.
“Padre, te abro mi corazón a ti sin duda ni temor.”
No comments:
Post a Comment