Evangelio
En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”.
El Señor le respondió: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”.
Meditacion:
Dicen los entendidos en la sabiduría del hombre que alcanzar la unidad personal, desde tantos campos dispersos, es una señal de madurez. Qué bien se entiende esto contemplando a una religiosa que se levanta de mañana y se recoge largamente en oración con su comunidad, y luego se entrega, con pasión y sin tiempo, al enfermo, al niño que educa o al indiferente a quien evangeliza.
Las dos hermanas, en el fondo, coinciden. María escucha al Maestro. Es la mejor parte, pero no la única. María escucha no la ley sino al que es la misma Palabra de Dios. Una palabra que insiste: amaos, dad de beber al sediento. (Cuando la mujer no podía acudir a la sinagoga ni estudiar la ley, Jesús es su Maestro). No podemos distorsionar la palabra de Jesús, para sacar otras conclusiones, como ocurre con otra palabra de Jesús en Betania: “A los pobres los tendréis siempre con vosotros”. Distorsionar significa cercenar, desde estos dichos de Jesús, el compromiso social y el servicio a los demás. Marta, como el discípulo amado con la madre de Jesús, lo recibe en su casa, presta hospitalidad a Jesús: “Lo recibió, y se multiplicaba por servir”. Jesús mismo lo hacía muy bien: por la noche, oraba; por la mañana, bajaba a curar a la gente.
A nosotros nos toca saber escuchar y saber hospedar. La dimensión contemplativa es una llamada al silencio, al asombro, a la sorpresa, a la reflexión, a la interiorización, a la profundidad. En la escucha del Evangelio, oímos, a la vez: “Escuchadle” y “Dadles vosotros de comer”. Por otra parte, si Jesús vino a servir y no ser servido, ¿qué otra cosa podemos hacer sus seguidores sino hospedar a todos “desde el corazón”? Un escritor religioso afirma que Cristo es “la suma actividad sosegada”. De un obispo misionero es esta oración a María: “Quédate con nosotros, con el Espíritu que te fecundaba en la carne y en el corazón. El mundo se ahoga en el mar del ruido, y no es posible amar a los hermanos sin un corazón callado y atento. Haznos comprender que el servicio sin silencio es alienación, y que el silencio sin entrega es comodidad. Envuélvenos en el manto de tu silencio y comunícanos la fuerza de la fe, la altura de tu esperanza y la profundidad de tu amor”.
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