Evangelio
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos”.
Meditacio:
Esa es la actitud de corazón y mente a la que se refería Jesús cuando exhortó a sus discípulos a ser como sirvientes que esperan ansiosamente el regreso de su señor. Podría haberlos estado llamando a ellos, y a nosotros, a estar preparados para su regreso al final de los tiempos. Pero la verdad es que, Jesús siempre está llamando a la puerta. El Señor desea que tengamos una relación diaria y creciente con él. Está buscando corazones que son como ese portón abierto y listo para recibirlo.
¿Cómo es un corazón “abierto”? Comencemos por lo opuesto. Cuando nuestro corazón está “cerrado”, no aceptamos que el Señor entre en él. Podría ser que tengamos temor de lo que él podría decirnos o pedirnos, así que no lo escuchamos; ni siquiera le pedimos nada. Podemos encerrarnos en nosotros mismos porque sentimos vergüenza o culpa y no creemos que podamos ser perdonados. Podemos sentir mucho remordmiento sobre el pasado o sentirnos demasiado heridos por alguien que es cercano a nosotros como para abrir nuestro corazón porque no queremos ser lastimados de nuevo. O podemos ocuparnos con muchas actividades que creemos que son buenas pero no vemos que el ajetreo nos impide acercarnos a Dios.
Por el contrario, cuando nuestro corazón está “abierto”, permitimos que el Señor entre. Estamos prestos a escuchar su voz en lugar de preocuparnos con demasiadas actividades. Como dice el salmista: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído” (Salmo 40 (39), 7). No olvidamos que hemos sido perdonados, y por lo tanto confiamos en Aquel que nos quitó la vergüenza. Nuestro corazón está abierto cuando anticipamos el futuro con esperanza.
Jesús vendrá hoy a ti, te hablará y llamará a la puerta. ¿Cómo puedes dejarla abierta y lista para recibirlo cuando llegue?
“Señor, anhelo recibirte en mi corazón.”
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