Evangelio
En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.
Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”
Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.
Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles”.
Meditacion:
Continuando el pasaje evangélico de ayer, el autor sitúa a Jesús en el templo anunciando la destrucción del mismo y el advenimiento de grandes desastres humanos y naturales. Todo ello debe de ocurrir antes del fin (Lc 4, 5-11).
Una lectura de tipo fundamentalista nos llevaría -sin dudas- a una visión muy catastrófica del mundo, del hombre y su destino. Reforzaría esta idea el hecho de que se observan en la vida diaria hechos semejantes a los que menciona. Es difícil compaginar esta interpretación literal con la enseñanza de un Dios-Amor. Tal vez muchas veces nos lo hemos preguntado (creo que con legítimo derecho): “¿dónde estabas Dios cuando…?” y un largo etc.
Pero la idea del texto no es anunciarnos una serie de cataclismos que destruyan la vida. Porque la Biblia no es un libro “mágico”; ni tampoco un manual del orden del universo. Como bien me decía un amigo -al comentarle al respecto-, la intención del texto radica en los “cataclismos interiores” que a veces necesitamos experimentar. Ocasiones en las que nos encontramos al límite y tomamos mayor conciencia de las realidades de las cuales formamos parte o de aquellas que nos rodean. Es decir, reconocer en nosotros todo aquello que no es cristiano, hacerlo desaparecer, morir, y hacer espacio para que surja algo nuevo… Escribirlo resulta mucho más sencillo que vivirlo así como “desaprender” puede ser más complejo que “aprender”. No obstante, cuestionarnos y dejarnos interpelar por el mensaje de Jesús puede ser el primer paso del camino. En realidad, cuando acogemos su Palabra en profundidad desaparece nuestro “viejo mundo” personal y todo se hace nuevo.
Pidamos a Dios que nos conceda la gracia necesaria para buscarle y encontrarle en la vida diaria, aún en las situaciones que nos pueden resultar desagradables y dolorosas. Los dolores de este mundo –dijo un gran pensador- no son de muerte, sino de parto.

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