Evangelio
En aquel tiempo, estando Jesús en un poblado, llegó un leproso, y al ver a Jesús, se postró rostro en tierra, diciendo: “Señor, si quieres, puedes curarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero. Queda limpio”. Y al momento desapareció la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no lo dijera a nadie y añadió: “Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió. Eso les servirá de testimonio”.
Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar.
Meditacion:
Cuando leemos que Jesús sanó a todos aquellos que acudieron a él, incluyendo al hombre enfermo de lepra cuyo relato se encuentra en el Evangelio de hoy, es razonable que nosotros pensemos principalmente en la sanación física. Al fin y al cabo, nosotros mismos necesitamos curación de vez en cuando; todos hemos conocido y amado a alguien que la necesita también. Es justo y natural rezar por cualquier curación física que alguien pueda necesitar, ya sea lepra, una gripe fuerte o un cáncer en etapa terminal.
Pero además de dolencias físicas, todos nosotros sufrimos de una enfermedad espiritual: El pecado que es como la lepra del alma. El pecado insensibiliza nuestra consciencia, nos hace sentir alejados de Dios y de otras personas y se puede propagar al igual que un incendio forestal. El pecado produce “llagas” externas como explosiones de ira o relaciones personales dañadas así como otras internas: Culpa, vergüenza, temor y una cierta parálisis que nos impide volvernos al Señor en busca de perdón y sanación. Si la lepra es una enfermedad degenerativa del cuerpo, el pecado es como una enfermedad degenerativa del espíritu.
“Señor, si quieres…” (Lucas 5, 12). Jesús fue enfático: Absolutamente, sin ninguna duda, deseaba que este hombre quedara curado de esta enfermedad que lo aquejaba. Y él siempre, absolutamente sin ninguna duda, desea curar y limpiar nuestro pecado. ¡Por eso murió en la cruz! Cada vez que acudimos a él y confesamos nuestros pecados, Jesús dice “Quiero. Queda limpio.” El Señor desea purificarnos y limpiarnos del pecado y de la parálisis y el aislamiento que provoca.
Lee nuevamente lo que hizo este pobre hombre: “Se postró en tierra”, se humilló a sí mismo delante de Jesús. Su mente solo pensaba en el poder y los deseos de Jesús. Hoy, arrodíllate delante del Señor, ya sea en oración o en el Sacramento de la Reconciliación, y dile “Señor, tú conoces mis pecados. ¿Quieres limpiarme?” Al hacerlo, cree en que su respuesta para ti será la misma que dio al enfermo de lepra. Su deseo amoroso para ti es la santidad y la libertad del pecado. Jesús te dice hoy: “Quiero tu curación, queda limpio.”
“Señor Jesús, creo que tú puedes liberarme de mis pecados. Te ruego que me cures y me limpies de la misma forma en que lo hiciste con el enfermo de lepra.”
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