Evangelio
En aquel tiempo, algunos de los que habían escuchado a Jesús comenzaron a decir: “Éste es verdaderamente el profeta”. Otros afirmaban: “Éste es el Mesías”. Otros, en cambio, decían: “¿Acaso el Mesías va a venir de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá de la familia de David, y de Belén, el pueblo de David?” Así surgió entre la gente una división por causa de Jesús. Algunos querían apoderarse de él, pero nadie le puso la mano encima.
Los guardias del templo, que habían sido enviados para apresar a Jesús, volvieron a donde estaban los sumos sacerdotes y los fariseos, y éstos les dijeron: “¿Por qué no lo han traído?” Ellos respondieron: “Nadie ha hablado nunca como ese hombre”. Los fariseos les replicaron: “¿Acaso también ustedes se han dejado embaucar por él? ¿Acaso ha creído en él alguno de los jefes o de los fariseos? La chusma ésa, que no entiende la ley, está maldita”.
Nicodemo, aquel que había ido en otro tiempo a ver a Jesús, y que era fariseo, les dijo: “¿Acaso nuestra ley condena a un hombre sin oírlo primero y sin averiguar lo que ha hecho?” Ellos le replicaron: “¿También tú eres galileo? Estudia las Escrituras y verás que de Galilea no ha salido ningún profeta”. Y después de esto, cada uno de ellos se fue a su propia casa.
Meditacion:
Lo que predijo el anciano Simeón en el evangelio de Lucas: “este está puesto como signo de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34-35), lo vemos claramente realizado en este pasaje de Juan. Jesús provoca reacciones y opiniones encontradas de aceptación y rechazo. Es difícil no percibir algo extraordinario y divino en las palabras y los hechos de Jesús. Pero, por otro lado, no encaja del todo en las expectativas y las tradiciones judías, como su (así lo creían) origen galileo. La polémica alcanza a todos los estratos de la sociedad, desde los más sencillos a los más importantes, todos discuten sobre él. Sin embargo, la divergencia de opiniones no es precisamente equidistante. Existe un claro desequilibrio entre las opiniones favorables y las adversas. Las primeras, si van hasta el final, abren a la fe, y aceptar a Jesús en fe, como el Mesías, implica tomar la decisión de vivir como él. Las opiniones contrarias a Jesús se inclinan a actuar con violencia.
La lucha entre, por una parte, la fe y las obras del amor y, por la otra, la oposición y el rechazo violento tiene humanamente un claro perdedor. El destino del testigo y mediador es casi irremediablemente el del manso cordero. La profecía de Isaías nos recuerda que ya en el Antiguo Testamento está prefigurado este mesianismo, no de triunfo, sino de entrega y de muerte. Pero, tal vez lo más importante ahora es entender que ese destino de Jesús es el destino de todo el que se posiciona en favor de Cristo (y no como mera opinión, sino como verdadera confesión de fe): dar testimonio del amor de Dios, dar testimonio de Cristo, renunciar a la violencia, estar dispuesto al perdón y a la entrega de la propia vida.
Nos acercamos a la celebración de la Pascua, del misterio de la muerte y la resurrección de Cristo. La liturgia nos invita a “entrar” en el misterio, sabiendo que lo que celebramos en estos días no es solo cuestión de contemplación, sino precisamente aquello a lo que debemos estar dispuestos a realizar en nuestra propia vida.
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