Evangelio
En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir”.
Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: “Con sólo tocar su manto, me curaré”. Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: “Hija, ten confianza; tu fe te ha curado”. Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.
Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: “Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida”. Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región.
Meditacion:
Desde el momento en que Jesús salió con el funcionario de la sinagoga y hasta que llegó a su casa, ¿no pasó entre muchas multitudes, codeándose con ellas? ¿No hubo gente que lo vio pasar, pero no le dio mucha importancia? Tal vez hubo muchos que se burlaron del propósito de su viaje, como los de la casa del funcionario. Pero Mateo nos habla de esta señora que, con profunda fe, se atrevió a alcanzarlo y tocarlo con fe y expectación. Su fe era tan grande que ni siquiera quiso detenerlo para que le dedicara tiempo; le bastó con llegar a tocar el borde de su manto, cuando él pasaba. Tal fe no podía quedar sin recompensa.
¡Cuántas veces pasa de largo el borde de su manto y cómo lo pasamos por alto, una y otra vez! O peor aún, ¡nos quedamos parados y nos reímos de los que intentan alcanzarlo y tocarlo!
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