Evangelio
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerle una trampa: “¿Le está permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?”
Jesús les respondió: “¿No han leído que el Creador, desde un principio los hizo hombre y mujer, y dijo: ‘Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y serán los dos una sola cosa?’ De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.
Pero ellos replicaron: “Entonces ¿por qué ordenó Moisés que el esposo le diera a la mujer un acta de separación, cuando se divorcia de ella?”
Jesús les contestó: “Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas; pero al principio no fue así. Y yo les declaro que quienquiera que se divorcie de su esposa, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, y se case con otra, comete adulterio; y el que se case con la divorciada, también comete adulterio”.
Entonces le dijeron sus discípulos: “Si ésa es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse”. Pero Jesús les dijo: “No todos comprenden esta enseñanza, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. Pues hay hombres que, desde su nacimiento, son incapaces para el matrimonio; otros han sido mutilados por los hombres, y hay otros que han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo”.
Meditacion:
En el Evangelio de hoy, Jesús habla sobre el misterio y la gracia del sacramento del matrimonio en el cual un hombre y una mujer “serán como una sola persona” (Mateo 19, 5). Es un don que Dios nos dio “desde un principio” (19, 8). Sin embargo, todos conocemos la tragedia y el dolor del divorcio, ya sea porque lo hemos visto en nuestra propia familia o entre algunos de nuestros amigos o quizá lo hemos experimentado nosotros mismos. Debido a los efectos del pecado en el mundo, las relaciones personales —incluyendo el matrimonio— a veces fracasan.
Pero Dios nunca nos falla. Si has vivido un divorcio o si estás atravesando dificultades en tu matrimonio, el Señor desea que recuerdes lo mucho que él se preocupa por ti y tu situación. El Señor desea que experimentes su compasión, ánimo y por sobre todo, su amor sanador. Recuerda que él no espera que resuelvas por ti mismo cualquier sentimiento de fracaso que tengas. Dios camina junto a ti y anhela ayudarte a curar las heridas que producen las relaciones rotas o la traición o el abuso. El Señor desea liberarte de la preocupación de lo que otras personas pueden pensar de ti. Dios está siempre a tu lado, él nunca te abandonará.
Si no estás atravesando un divorcio o experimentando dificultades en tu matrimonio pero conoces a alguien que sí, trata de acercarte a esa persona. Como hermano o hermana en Cristo, puedes transmitir el amor y la misericordia de Jesús acompañando a esta persona en sus dificultades. Procura escuchar sin emitir juicios sobre el otro o su esposo o esposa. También puedes animar a esa persona a acudir a su párroco para buscar ayuda y consejo. Si ya se divorció, un sacerdote sabio y compasivo puede ser una fuente de sanación y guiarla si desea buscar la nulidad.
Recemos por aquellos que sufren el dolor del divorcio o de una relación rota. Ellos son nuestros hermanos y hermanas en Cristo, y Dios los ama profundamente. Presentemos también a los matrimonios. Que el Señor esté a su lado y los sostenga frente a las dificultades de la vida.
“Señor, te pido que ayudes a quienes están enfrentando dificultades en su matrimonio. Que puedan experimentar tu consuelo, presencia y sabiduría.”

No comments:
Post a Comment