Evangelio
En aquel tiempo, Jesús dijo: “¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció y se convirtió en un arbusto grande y los pájaros anidaron en sus ramas”.
Y dijo de nuevo: “¿Con qué podré comparar al Reino de Dios? Con la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina y que hace fermentar toda la masa”.
Meditacion:
Es una inclinación humana natural imaginar a Dios como el más grande, el más grandioso y el más espectacular. Imaginar que Dios es así, de alguna manera, nos hace compensar nuestra pequeñez y creaturismo. Y a causa de esa imaginación, echamos de menos a Dios cuando se presenta ante nosotros en las formas menos esperadas. Miramos a Dios hacia arriba; pero, como observó un sabio gurú, "la gente se pierde de ver a Dios porque no está dispuesta a mirar hacia abajo"; y a mirar alrededor, tal vez. Dios y su Reino siguen a menudo la dinámica del grano de mostaza y de la levadura en las parábolas del Evangelio de hoy: pequeños, sutiles, casi invisibles; pero siguen transformando el mundo a su alrededor. Por la misma lógica, para formar parte de este Reino, no tenemos que hacer cosas espectaculares; basta con hacer cosas pequeñas con gran amor: Como un marido y una mujer que se respetan y se cuidan mutuamente y hacen las pequeñas cosas para que la vida de todos sea un poco más fácil y feliz.
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