Evangelio
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a medianoche a decirle: ‘Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle’. Pero él le responde desde dentro: ‘No me molestes. No puedo levantarme a dártelos, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados’. Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantará y le dará cuanto necesite.
Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra y al que toca, se le abre. ¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pan, le dé una piedra? ¿O cuando le pida pescado, le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán?
Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial les dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?’’
Meditacion:
Si al "amigo" de la parábola le costaba levantarse y compartir unos trozos de pan en medio de la noche, ¡imagínate el sacrificio del que había venido buscando pan! No pedía pan para sí mismo: intercedía por otro que acudía a su casa en plena noche, buscando refugio. El "pedid y recibid, buscad y encontrad, y llamad y entrad" del que habla hoy Jesús tiene un gran poder de actualización cuando pedimos, buscamos y llamamos en favor de los necesitados. Como observa el Catecismo de la Iglesia Católica, "desde Abraham, la intercesión -pedir en favor de otro- ha sido característica de un corazón en sintonía con la misericordia de Dios". En la época de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo, como expresión de la comunión de los santos [...] La intercesión de los cristianos no reconoce fronteras"
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