Monday, November 14, 2022

Ten piedad de mi!


 

Evangelio

Lc 18, 35-43

En aquel tiempo, cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado a un lado del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello, y le explicaron que era Jesús el nazareno, que iba de camino. Entonces él comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Los que iban adelante lo regañaban para que se callara, pero él se puso a gritar más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”

Entonces Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” Él le contestó: “Señor, que vea”. Jesús le dijo: “Recobra la vista; tu fe te ha curado”.

Enseguida el ciego recobró la vista y lo siguió, bendiciendo a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.



Meditacion:

Este es el relato de una lectora cuyo testimonio se relaciona con el Evangelio de hoy:


“Nos encontrábamos en la habitación del hospital aquel sombrío día de noviembre llenos de temor, duda y desánimo. Mi apuesto y atlético sobrino de dieciocho años había estado jugando baloncesto y lacrosse (juego que consiste en hacer ingresar una pequeña pelota de goma en el arco del equipo contrario) solo unos pocos meses antes; ahora estaba acostado en su cama de hospital después de casi nueve meses de quimioterapia intensiva. Seguía siendo apuesto, pero se podían ver las marcas de la quimioterapia.


“Se encontraba en otro momento crítico de su lucha contra la leucemia. Para finalmente poder salir del hospital, debía ganar algo de peso. Pero eso implicaba otro procedimiento médico invasivo. Él estaba comprensivamente cansado y desanimado. Había ‘llegado al límite’ y no quería someterse a más procedimientos, especialmente los dolorosos. Pero un punto a su favor es que estuvo de acuerdo en que rezáramos con él.


Su madre, otra tía y yo nos reunimos a su alrededor y pusimos nuestras manos suavemente sobre sus hombros. Luego escuché a su mamá, llorosa pero resuelta a rezar con audacia: ‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mi hijo. Ayuda a mi hijo; ¡sana a mi hijo!” Su forma de rezar me impactó poderosamente en ese momento. Al igual que el ciego, ella clamó a Jesús como el Hijo de David, el anhelado Mesías, el que vendría y restablecería al pueblo de Dios y traería su Reino. Luego le dijo a Jesús exactamente lo que su hijo necesitaba en ese preciso momento. Era como el ciego pidiendo a Jesús: ‘Señor, que vea’ (Lucas 18, 41).


“Unos días más tarde, mi sobrino encontró valor para permitir que le realizaran el procedimiento. Pronto ganó suficiente peso y recibió el alta del hospital antes de Acción de Gracias. Durante los meses siguientes, recuperó su fuerza, y hoy se encuentra sano y libre de cáncer.”


El amor y el cuidado de Jesús por cada uno de nosotros es muy personal. Al igual que el ciego y este muchacho, Jesús quiere oír de nosotros lo que necesitamos. Hoy, imagina a Jesús preguntándote: “¿Qué quieres que haga por ti?” (Lucas 18, 41). Luego dile exactamente lo que necesitas.


“Jesús, Hijo de David, gracias por atender todas mis necesidades.”

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