Evangelio
En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.
Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.
Meditacion:
Isabel alaba a María por haber creído de verdad en que las palabras de Dios se harían realidad, a diferencia de su propio marido, Zacarías, que no pudo llegar a esa creencia inicialmente. Cuando rezamos, ¿creemos realmente en su eficacia? Hay una historia sobre un grupo de feligreses que hicieron vigilias de oración sin parar ante un bar que iba a abrirse pronto cerca de su iglesia. Rezaron para que el proyecto del bar no se llevara a cabo. En la víspera de su inauguración, el edificio se derrumbó inexplicablemente, y así se canceló el proyecto. El propietario del bar, un ateo, presentó una demanda, alegando que el derrumbe se produjo debido a la oración de los feligreses y, por tanto, solicitando una indemnización por daños y perjuicios. Los parroquianos contraargumentaron que el derrumbe no se debió a su oración. Imagínense: un ateo que creía en el poder de la oración, y un grupo de creyentes que argumentaban en contra de la eficacia de la oración. Bendita sea María; benditos sean los que creen en las palabras de Dios.

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