Evangelio
En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.
Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.
Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.
Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras’’. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”.
Meditacion:
Hoy celebramos a San Pedro y San Pablo, dos pilares de la Iglesia con personalidades profundamente distintas. Simón, el pescador, dejó sus redes para seguir a Jesús (Mateo 4, 19). Rebautizado como Pedro, se convirtió en el líder de la Iglesia (16, 18). En contraste, Saulo era un fariseo bien educado que persiguió a la Iglesia hasta que Jesús se le manifestó (Hechos 9). Desde ese momento, se convirtió en apóstol para los gentiles, usando el nombre romano de Pablo (Romanos 11, 13).
Pedro y Pablo edificaron la Iglesia en formas muy diferentes, pero a pesar de sus diferencias, ambos decidieron obedecer el llamado que les hizo Jesús: “Sígueme” (Hechos 12, 8). Ellos no se hicieron uno igual al otro ni perdieron su personalidad. Más bien, a través del Espíritu, se hicieron más parecidos a Jesús. Hoy, les rendimos honor juntos porque al final, siguieron a Jesús hasta la muerte, muriendo ambos como mártires en Roma.
Tanto Pedro como Pablo imitaron a Jesús al seguir al Espíritu Santo. Pedro proclamó valientemente el evangelio después de quedar lleno del Espíritu en Pentecostés. Su predicación conmovió el corazón de las personas y condujo a miles a la fe en Jesucristo (Hechos 2). Liberado de la culpa de haber negado al Señor, Pedro pasó el resto de su vida dirigiendo a la Iglesia, primero en Jerusalén, después en Antioquía y finalmente en Roma.
Pablo también se rindió al Espíritu. Después de ser bautizado por Ananías, inmediatamente comenzó a proclamar que Jesús era el Hijo de Dios (Hechos 9, 19-20). Y nunca se detuvo. Viajó por todo el Mediterráneo, proclamó el evangelio y estableció iglesias a lo largo y ancho antes de terminar en Roma, donde trabajó hombro a hombro con Pedro hasta el final.
Cada uno de nosotros es único, pero independientemente de nuestra personalidad, una verdad es la misma: El mismo Espíritu que capacitó a Pedro y Pablo habita en nuestro corazón. ¿Te sientes descalificado para servir al Señor? ¿Te sientes apesadumbrado por tu pasado? Mira a estos dos héroes de la fe. Su vida fue transformada por el poder del Espíritu, así como lo puede ser la tuya. Ambos rezan para que tú también aceptes el llamado de Jesús: “Sígueme”.
“Espíritu Santo, te pido que me ayudes a seguir hoy a Jesús.”

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