Evangelio
Mt 6, 7-15
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando ustedes hagan oración, no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes pues, oren así:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga tu Reino,
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en tentación
y líbranos del mal.
Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas".
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga tu Reino,
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en tentación
y líbranos del mal.
Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas".
Meditacion:
En tiempos antiguos, los adoradores paganos usaban la repetición como si fuera un megáfono para comunicarse con sus dioses. Repetían frases y nombres divinos una y otra vez, aumentando cada vez el volumen, con la esperanza de llamar su atención (1 Reyes 18, 26-29; Hechos 19, 34). Pero en el Evangelio de hoy, Jesús les dice a sus discípulos que no recen de esa manera, porque “el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan” (Mateo 6, 8).
Nosotros no adoramos a un Dios que es sordo o indiferente a nuestros sufrimientos. No necesitamos ganarlo para hacer cosas por nosotros. Nuestro Dios nos conoce plenamente, él es nuestro Padre; él nos creó y nos ama tal como somos. Así que cuando expresamos nuestras necesidades al Señor en petición o intercesión, no es para darle a él nueva información o para cambiar su forma de pensar. Dios ya sabe lo que necesitamos, él quiere bendecirnos y ya sabe cómo va a hacerlo.
Entonces, ¿por qué rezamos? ¿Por qué molestarnos si no vamos a cambiar nada?
Porque la oración nos cambia a nosotros al ponernos en contacto con Dios. Cuando volvemos nuestro corazón hacia él y le presentamos nuestras necesidades, reconocemos que él es Dios. Reconocemos que no podemos salvarnos a nosotros mismos ni a nadie más. No podemos solucionar todos nuestros problemas; necesitamos el poder y la bondad de Dios para ayudarnos. Comprender esta realidad conmueve nuestro corazón y lo abrimos más a recibir su misericordia y gracia.
Pero los efectos de nuestra oración no pueden terminar con nosotros. ¡Incluso pueden cambiar el curso de la historia! Por medio de nuestra intercesión, Jesús nos invita a cooperar con él para cumplir su voluntad en el mundo. Al interceder, estamos abriendo nuestro corazón y exponiendo nuestras circunstancias a nuestro Padre celestial y nos rendimos a sus planes. Y para eso no se necesita de un megáfono.
“Padre, te presento hoy mis necesidades, confío en tu bondad. ¡Que se haga tu voluntad!”

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