Friday, October 6, 2023

Escuchar

Evangelio

Lc 10, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo: "¡Ay de ti, ciudad de Corozaín! ¡Ay de ti, ciudad de Betsaida! Porque si en las ciudades de Tiro y de Sidón se hubieran realizado los prodigios que se han hecho en ustedes, hace mucho tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza. Por eso el día del juicio será menos severo para Tiro y Sidón que para ustedes. Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo? No. Serás precipitada en el abismo".

Luego, Jesús dijo a sus discípulos: "El que los escucha a ustedes, a mí me escucha; el que los rechaza a ustedes, a mí me rechaza y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado".



Meditacion:

Las lecturas de hoy repetidamente hablan de escuchar la palabra y la llamada. Como si fuera tan fácil.  Escuchar no es tanto una capacidad física cuanto una experiencia interior de apertura. Es difícil y exige bastante esfuerzo y sacrificio. Requiere algo de silencio, mucho de interés y, sobre todo, bastante amor. Porque, si el interlocutor me resulta indiferente, o pesado, voy a cambiar de canal muy fácilmente. Oír las palabras es una cosa. Si me hablan en un idioma extranjero, podría oír e incluso repetir los sonidos. Pero escuchar implica no solo poder repetir el sonido, sino interpretarlo, entenderlo y poder, incluso repetir el contenido con otras palabras. Y requiere también un ejercicio de retención y memoria.

Escuchar la palabra de Dios es todavía más difícil, porque, a todas esas capacidades de repetición, retención y memoria, se añade la necesidad de respuesta y acción. Es más, se añade la conversión y el cambio de vida. A Corazaín y a Betsaida se las acusa de no escuchar. Han visto y oído prodigios, pero no han sido capaces de retener, y mucho menos de responder y de convertirse. Han, de alguna manera, como si fueran adolescentes, desconectado la voz de su Padre y no pueden responder. Rechazar la palabra de Dios dirigida al corazón, y demostrada en prodigios es igual a rechazar al enviado, al Cristo. Quizá un buen ejercicio sea hacer recuento los prodigios, los favores y las gracias recibidas en nuestras vidas y escuchar en ellas la palabra de amor de Dios que llama a una respuesta activa. Dejar pasar esa oportunidad, desconectar el canal, desoír las llamadas en ningún caso tendría la excusa de la sordera física y demostraría una enorme indiferencia y falta de amor. Y eso sería una condena: “¡Ay de ti, Corazaín, ay de ti Betsaida!”

 

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