Evangelio
Mt 23, 27-32
En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre! Así también ustedes: por fuera parecen justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque les construyen sepulcros a los profetas y adornan las tumbas de los justos, y dicen: ‘Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, nosotros no habríamos sido cómplices de ellos en el asesinato de los profetas’! Con esto ustedes están reconociendo que son hijos de los asesinos de los profetas. ¡Terminen, pues, de hacer lo que sus padres comenzaron!”
Meditacion:
Hay algo que tenemos que tener en cuenta cuando leemos el Evangelio y es que todos tenemos unas gafas, unos filtros, desde los que leemos esos textos. No es fácil deshacerse de esos filtros. Son nuestra cultura, nuestro idioma, nuestra forma de entender el mundo, la vida, la familia, etc. Leemos los textos de los Evangelios desde esa perspectiva. Y eso nos hace que comprendamos unas cosas de una manera y otras de otra. No siempre es fácil saber exactamente lo que Jesús quería decir. Entre otras cosas, porque los mismos que redactaron los Evangelios también tenían sus filtros, su cultura, su forma de entender el mundo. Y eso les influyó con toda seguridad a la hora de redactar sus recuerdos de Jesús.
Pero hay textos que son diferentes. Uno de ellos es el de hoy. La sociedad judía del tiempo de Jesús, como casi todas o todas las sociedades que ha habido a lo largo de la historia era una sociedad muy jerarquizada. Estaban los de arriba y los de abajo, los que sabían y los ignorantes, los ricos y los pobres, los poderosos y los que no pintaban nada. En realidad, nada diferente a lo de hoy. Por eso terminamos viendo esas diferencias de nivel como algo normal y natural.
Precisamente por eso, llama más la atención el Evangelio de hoy. Porque Jesús plantea una comunidad radicalmente igualitaria. No hay más que un superior, un padre, un maestro, un consejero. Es Dios, el Padre de todos. De ahí para abajo, todos son/somos iguales. No hay categorías. No hay arriba ni abajo, no hay mandos intermedios. El texto termina con una frase más sorprendente todavía: si alguno quiere ser el primero tiene que hacerse el servidor de todos. Más claro, imposible.
Tengo la impresión de que nos cuesta entender/aceptar este radicalismo de Jesús. Tanto nos cuesta entenderlo y aceptarlo que a lo largo de los siglos hemos terminado afirmando y creyendo que la iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús, es una sociedad esencialmente jerárquica. Pero la palabra de Jesús sigue ahí y debería ser el centro inspirador de nuestra vida, como personas, como creyentes y como iglesia.
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