Wednesday, January 14, 2026

Curar


 Evangelio

Marcos 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.



Meditacion:

Dios habla en esa Palabra encarnada y, por tanto, humana y cotidiana que es Jesús. Hoy lo vemos con claridad. Es una palabra dirigida de manera personal, que atiende a las necesidades concretas, como en el caso de la suegra de Pedro. No es una palabra taumatúrgica, que se limita a curar el cuerpo, aunque también (como hacen tantos cristianos, que atienden las necesidades materiales de sus hermanos), sino que además cura el espíritu e insufla en él el espíritu de servicio (como vemos de nuevo en la suegra de Pedro). En esta mujer descubrimos la síntesis de los que atienden a las necesidades de los demás, y de lo que son atendidos por ellos. Pero la palabra de Jesús no se limita a las distancias cortas, al pequeño círculo, sino que se abre a las necesidades de todos, sin filtros nacionales, confesionales o ideológicos. Y Jesús nos enseña que su palabra también se dirige al Padre, por medio de la oración, de la que nos da ejemplo en sí mismo. Finalmente, la Palabra, que es el mismo Jesús, está en camino, es una Palabra dinámica, que no espera a que vengan a él, sino que va a la búsqueda y sale al encuentro.

Dios sigue hablando: en su Palabra proclamada, en los sacramentos que nos alimentan y nos sanan, en las inspiraciones personales, en las necesidades de nuestros hermanos que son también una llamada de Dios, en definitiva, de múltiples formas. No es una palabra rara: ni es escasa, ni es extraña. Es una palabra que podemos entender, asimilar y poner en práctica. Basta, tal vez, que aprendamos a orar con el corazón, con las palabras que hoy nos enseña Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.


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