Thursday, May 14, 2026

Amor


 Evangelio

Juan 15, 9-17

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena.

Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.

No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros’’.


Meditacion:

Aquí lo que se nos da es la esperanza de que Cristo volverá. Y esa espera-esperanza es el poder que impele a movilizarse, a anunciar lo que se ha visto y oído. Decía san Antonio María Claret: “la caridad de Cristo nos urge.” Es decir, nos pone fuego y alas para la acción.

Lo que siempre se ha llamado la “gran comisión”, es decir, evangelizar, es no solo consecuencia lógica, sino obligación implicada en el bautismo. El cristiano sí se queda mirando al cielo, ciertamente, pero, una vez asegurado de la esperanza y recibido el poder, sale a todos los confines de la tierra a proclamar.

“Todos los confines de la tierra”, que parecen estar tan lejanos e inaccesibles para muchos de nosotros, pueden estar tan cerca como la propia cocina; el propio trabajo, la propia familia. Proclamar a Cristo en esos confines supone hacer que la fuerza, el amor, la verdad de Cristo dominen en cada momento. Que la fuerza motor de todas y cada una de nuestras acciones sea el bien, la verdad y la belleza de la salvación de Cristo; es decir, la búsqueda del bien. Y así el propio rostro de Cristo podrá brillar por medio de nosotros. La antigua noción de misión, de ir a tierras lejanas donde no se conoce a Dios, parece que hoy está algo trastocada, con la globalización, los movimientos demográficos y sociales. ¿Dónde no se conoce a Dios hoy día? Es más, ¿dónde se le persigue y desprecia incluso en medio de nosotros? Ahí está la misión. Esos son los confines de la tierra. Quizá rozándonos los codos.

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