Wednesday, September 16, 2026

Generacion

Evangelio

Lucas 7, 31-35

En aquel tiempo, Jesús dijo: "¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos niños que se sientan a jugar en la plaza y se gritan los unos a los otros:

'Tocamos la flauta y no han bailado,

cantamos canciones tristes y no han llorado'.

Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía vino, y ustedes dijeron: 'Ese está endemoniado'. Y viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: 'Este hombre es un glotón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores'. Pero sólo aquellos que tienen la sabiduría de Dios, son quienes lo reconocen".



Meditacion:

Lo que Jesús viene a decir en el texto evangélico de hoy. Los hombres de su generación se parecen a los que escuchaban a aquellos que pasan totalmente indiferentes frente a los niños que tocan la flauta. Van a lo suyo. Ni se ríen ni bailan cuando tocan música divertida ni lloran cuando tocan lamentaciones. ¡Indiferencia total! Como mucho, elaborar alguna disculpa para no atender a los que les llaman. Juan el Bautista, es que tenía un demonio. Jesús, mira que comilón y borracho. Siempre hay una razón para seguir a lo nuestro y dejar de lado a los demás. Y si no la hay, la fabricamos. Y con la conciencia tranquila seguimos el camino. Como decía la amiga de Mafalda (la genial niña dibujada tantas veces por Quino), siempre habrá pobres porque nacen en barrios pobres, van a escuelas pobres, viven en casas pobres y tienen empleos de…

Pero el Evangelio nos habla del amor. Y el amor es cualquier cosa menos indiferencia. Lo explica muy bien hoy la primera lectura. El amor es precisamente relación, abrirnos a los demás. El amor es compasión. Es dar la preferencia al otro. En el amor se trata de preocuparnos por el bien del otro y dejar lo mío, mis intereses, en segundo plano. El amor es compasión, comprensión, cercanía, mano tendida y abierta al otro y a sus necesidades. El amor es escucha paciente. El amor es sentir con el otro. Por eso crea fraternidad, familia, al contrario del individualismo que solo hace que crear fronteras

 

Tuesday, September 15, 2026

Difuntos


 Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,11-17):

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.

Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.»

Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!»

El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.



Meditacion:

En aquella procesión no iban dos difuntos sino dos. Esa era la realidad de aquella cultura en la que la mujer ocupaba un puesto secundario. Una mujer dependía de su marido. De hecho, al casarse dejaba la casa de su padre y se iba a vivir a la casa de su marido. Sería mejor decir que se iba a vivir con la familia de su marido, perdiendo toda relación con su propia familia. Una viuda, perdida la relación con su marido, y por tanto con la familia de su marido quedaba sin ningún apoyo. Apenas sus hijos serían los encargados de sostenerla. Pero en el caso que nos ocupa, la viuda tenía un único hijo y acababa de fallecer. Ya no había ningún tipo de red que la pudiese retener a ella. Quedaba sola en el mundo. Y abandonada. Por eso digo que, en la práctica, eran dos los difuntos en aquel entierro. El hijo muerto y la mujer que quedaba sola y abandonada. Destinada a vivir de la caridad. Recordemos que en aquella época tampoco había ningún sistema de seguridad social que pudiese servir de red protectora para estos casos.

Por eso, el milagro que hace Jesús no consiste sólo en resucitar al hijo difunto. En realidad, resucitando al hijo, Jesús “resucita” también a la madre. Le devuelve a la esperanza de una vida digna. Nosotros no podemos hacer milagros. No podemos devolver la vida a un muerto. Pero eso tampoco significa que nos quedemos de brazos cruzados.

Hay muchas formas de “resucitar” a alguien, de devolver la dignidad y la esperanza a los que están ya cayendo al abismo. Cerca de mi casa hay un centro donde se acoge a esas personas a las que la edad, las enfermedades físicas y/o mentales, la pobreza, ha ido dejando abandonadas. En esa casa se les ayuda a recuperar la dignidad y la esperanza. Eso también es “resucitar”. En los hospitales hay personas a las que les bastaría una mano amiga y un rato de compañía y escucha para recuperar la dignidad y la esperanza. Son apenas dos ejemplos. Ojalá vayamos encontrando formas y maneras de ayudar a los que nos rodean a “resucitar” y recuperar la esperanza

Monday, September 14, 2026

la cruz


 Evangelio

Juan 3, 13-17
En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: "Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo y está en el cielo. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él''.



Meditacion:
Parece mentira. Resulta increíble. Pero los cristianos hemos terminado poniendo a Jesús en la cruz, la imagen viva del fracaso, de la tortura, de la muerte sin sentido, el hundimiento de todas las esperanzas, como el signo de vida. La cruz preside nuestras iglesias y celebraciones. La cruz es el signo del cristiano. La cruz está en lo más alto de los campanarios. Pero curiosamente, no es un signo de muerte sino de vida.
No siempre fue así. Durante los primeros siglos, las imágenes de Jesús, incluso cuando se le representaba clavado en la cruz, era la imagen de un Jesús victorioso, triunfador. Solo en la Edad Media se le empezó a representar sufriente, en la agonía propia del martirio/tortura que era la cruz. Fue el momento en que los cristianos comenzaron a ver reflejados en ese Jesús sus dolores, sus penas, sus angustias. Y el dolor se transfiguró en fuente de esperanza y de vida. La entrega de Jesús nos abría la puerta a una vida diferente. Si él había resucitado, también nosotros resucitaríamos.
En realidad, en esa imagen de Jesús sufriente se nos manifiesta el amor de Dios que camina con nosotros hasta el final, que asume nuestros dolores. Ya no estamos solos. Es la frase de Jesús en el texto evangélico de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único…”. Porque Dios no quiere nuestra condenación/muerte sino que nos salvemos por su amor manifestado en Cristo Jesús. Y donde ese amor hasta el final se manifiesta de forma más clara es precisamente en la cruz. En ese momento final en que Jesús entrega su vida en fidelidad a su misión de anunciar el reino de su Abbá.
No fue difícil convertir la cruz en el signo del cristiano. A la vez instrumento de tortura, de muerte, de la violencia sin sentido que recorre nuestro mundo y, a veces, nuestros corazones, en signo de esperanza y de vida. En ella estuvo crucificado el Amor. Y el Amor es siempre, siempre, porque más que no lo entendamos ni lo veamos con claridad a veces, más fuerte que la muerte, que el odio, que la violencia, que la venganza. “En el signo de la Cruz venceremos”

Saturday, September 12, 2026

Frutos


 Evangelio

Lucas 6, 43-49

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.

El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón; y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón.

¿Por qué me dicen ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que yo les digo? Les voy a decir a quién se parece el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica. Se parece a un hombre, que al construir su casa, hizo una excavación profunda, para echar los cimientos sobre la roca. Vino la creciente y chocó el río contra aquella casa, pero no la pudo derribar, porque estaba sólidamente construida.

Pero el que no pone en práctica lo que escucha, se parece a un hombre que construyó su casa a flor de tierra, sin cimientos. Chocó el río contra ella e inmediatamente la derribó y quedó completamente destruida’’.



Meditacion:

Los frutos son lo visible, lo palpable, lo que se puede saborear. Pero el origen está en las raíces. Para que los frutos sean buenos es necesario que las raíces estén sanas. ¿Cómo sanar nuestras raíces, los fundamentos invisibles de los que depende la bondad de nuestros frutos? Porque hay frutos, expresiones externas aparentemente buenas, pero que son engañosas. Y es que, trascendiendo la imagen vegetal usada por Jesús, en el caso de la vida humana, los frutos no están solo en el hablar (exclamando, por ejemplo, “¡Señor, Señor!”), sino que a la palabra debe seguir la acción. Y aquí la raíz y el fundamento es la Palabra de Dios, la Palabra encarnada que es Jesús, y que no se limita a hablar, sino que se traduce en un modo de vida, centrado en el amor. Es la acogida, la asimilación y la puesta en práctica de esta Palabra de vida la que sana nuestras raíces y nos permite dar buenos frutos, obras de caridad para la vida del mundo.

Esta Palabra encarnada nos alimenta en el pan y el vino de la Eucaristía, cuerpo y sangre de Cristo. Y no está de más la advertencia de Pablo de no mezclar el pan y el vino eucarísticos con otros sacrificios, que no están orientados al verdadero Dios. Porque también hoy siguen existiendo ídolos con apariencia atrayente, pero que no solo no pueden salvar, sino que contaminan la fe en Cristo y nos apartan del Dios Padre de Jesús. Pienso, por ejemplo, en el peligroso sincretismo de la fe cristiana con prácticas como la Nueva Era, el horóspoco, diversas formas de espiritismo o adivinación, que son formas de participar en dos mesas, de beber de dos cálices, de provocar al Señor, de desconfiar en la fuerza de su amor, manifestada en la cruz

Friday, September 11, 2026

Ciegos

Evangelio

Lucas 6, 39-42

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano”.



Meditacion:

¿Cuál es mi motivación para anunciar el evangelio? ¿Cuál es mi paga? Es evidente que se puede uno dedicar a la loable misión de evangelizar por motivos no del todo puros. No es difícil recordar que el peligro del fariseísmo también amenaza a los cristianos. Podemos usar nuestro compromiso cristiano, el puesto que ocupo en la parroquia, en Cáritas, el ministerio sacerdotal y, en definitiva, cualquiera de las numerosas vocaciones cristianas, en beneficio propio, como medio de auto afirmación, de realización, de alcanzar cotas de poder… También los discípulos de Jesús se disputaban entre sí los mejores puestos (los que ellos se imaginaban que iban a ser). Por eso es tan imporante la afirmación, casi un lamento, de Pablo: “¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” Se ve que la tarea evangelizadora se había vuelto para él una pesada cruz. Y eso le ayudaba a purificar sus motivaciones. Al final, la única motivación válida es que el mismo testimonio cristiano es el único modo de participar de los bienes que anuncia y proclama. No es posible hacer de la fe cristiana una propiedad privada. Si no se anuncia, si no se testimonia, no es verdadera. Y esto supone decisiones difíciles y también renuncias, que, no obstante, valen la pena, esa pena implicada en ellas.

Y es que anunciar el Evangelio es anunciar la luz. Y si no se hace con ese mismo espíritu evangélico que se proclama, podemos convertirnos en ciegos que niegan con su vida lo que proclaman con sus palabras, y llevan así a muchos a renunciar y a negar lo que ven que testimoniamos sin convicción, sin autenticidad; ciegos que guían a ciegos y los hacen caer en el pozo. Ser discípulo es reconocerse ciego, pero que ha sido curado, que ha visto la luz. Y esa curación es un periodo de aprendizaje en el que hay que dejarse curar, es decir, enseñar y corregir, para poder llegar a ser como el maestro. Aunque, sinceramente hablando, nunca estamos a la altura del Maestro, Jesús, y nuestro aprendizaje no termina nunca, mientras estemos en este mundo. Pero la curación sí tiene lugar, y sólo entonces podemos guiar a otros con fidelidad, sin caer en el pozo, y corregir a los que lo necesitan, porque nosotros mismos nos hemos dejado corregir y estamos abiertos a nuevas correcciones. Se trata, en definitiva, de vivir el misterio del amor de una manera responsable y humilde, para poder llegar a ser así, no solo de palabra, sino también de obra, verdaderos testigos del Evangelio.

 

Thursday, September 10, 2026

Vara

 Evangelio

Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien sólo a los que les hacen el bien, ¿qué tiene de extraordinario? Lo mismo hacen los pecadores. Si prestan solamente cuando esperan cobrar, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores, con la intención de cobrárselo después.

Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Así tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno hasta con los malos y los ingratos. Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso.

No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos’’.



Meditacion:

También podríamos decir que nada hay más exigente que el amor. No hay ley, por dura y estricta que sea, que exija tanto como el mandamiento del amor, que, como ilustra Jesús hoy con tanta claridad, nos pide una entrega sin reservas y sin límites, dispuestos incluso a renunciar a lo que nos pertenece. Y esa entrega no es solo a los cercanos, a los que estamos inclinados a amar de manera natural, sino también a los que, por el contrario, de manera natural despiertan en nosotros sentimientos de rechazo y de odio. Jesús parece pedirnos un imposible. ¿Quién tiene fuerzas para amar con un amor así? En realidad, después de proclamar las bienaventuranzas, Jesús desgrana las consecuencias de ese nuevo mundo de valores que él mismo está inaugurando. Y más que proponernos exigencias desorbitadas de imposible cumplimiento, nos anuncia el amor en acto con el que Dios ya nos está amando. Es Dios, en Cristo, el que ama a sus enemigos, que somos nosotros cuando pecamos; es él el que se deja pegar en la mejilla, y se despoja de todo, de su capa y de su túnica, para, desnudo, entregar su vida en la cruz. Dios, en Jesús, nos ama con un amor compasivo, que no nos juzga, sino que nos perdona, y nos da sus dones con una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. Justo es que, enriquecidos de tal manera, tratemos de responder con una medida semejante.

Dios nos ama porque nos conoce. Nosotros solo podemos conocer de verdad si estamos en disposición de amar. Ese amor nos hace libres de los dioses y señores de este mundo, de sus ídolos y falsos salvadores. Pero esa libertad, al mismo tiempo, nos hace esclavos, servidores de nuestros hermanos. No nos servimos de esa libertad para escandalizar, sino para servir, y ello nos puede llevar a renunciar a ciertas expresiones de nuestra libertad si con ellas escandalizamos y perjudicamos a nuestros hermanos más débiles.

Hay una expresión de la espiritualidad clásica que casi ha caído en desuso, pero que estaría bien recuperar: la edificación. El que ama con libertad y con espíritu de servicio edifica a sus hermanos y edifica la comunidad cristiana, la Iglesia y el cuerpo de Cristo

Wednesday, September 9, 2026

Bienaventuranzas


 Evangelio

Lucas 6, 20-26
En aquel tiempo, mirando Jesús a sus discípulos, les dijo:
"Dichosos ustedes los pobres,
porque de ustedes es el Reino de Dios.
Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre,
porque serán saciados.
Dichosos ustedes los que lloran ahora,
porque al fin reirán.
Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.
Pero, ¡ay de ustedes, los ricos,
porque ya tienen ahora su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora,
porque después tendrán hambre!
¡Ay de ustedes, los que ríen ahora,
porque llorarán de pena!
¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe,
porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!"


Meditacion:
En el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que está escrita en los corazones, ya no en la piedra; es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aun cuando ante el mundo parezca fracasada y miserable. Sólo Dios puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos (cf. vv. 3-4), porque Él es el sumo bien que se da a todos con amor infinito. Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia (cf. vv. 6.9), porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna. Sólo en Dios encuentran alegría los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón (cf. vv. 5.7-8), porque Él es el cumplimiento de lo que esperan. En la persecución, Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad. Por eso Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» (…) De este modo, Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos. (…) las Bienaventuranzas son para nosotros una prueba de la felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan. De hecho, es “a causa de Cristo” (cf. v. 11) y gracias a Él que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos. Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción

Tuesday, September 8, 2026

Natividad de Maria


 Evangelio:

Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.

Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: "José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados".

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros.



Meditacion:

Del nacimiento de la Virgen María sólo tenemos la certeza de que tuvo lugar, no sabemos (más que muy aproximadamente) ni dónde ni cuándo. La Biblia no nos da ninguna noticia sobre este hecho. Pero el papel central de María en el acontecimiento de la salvación: su entrega total a la voluntad de Dios, su sí a ser madre del Emmanuel, el nacimiento virginal, su vida como fiel discípula de Jesús, hasta la cruz, y como madre de la Iglesia, todo ello espoleó el deseo de saber sobre ella ya en las primeras generaciones cristianas. Y de ahí surgieron muy pronto imágenes de María (en las catacumbas de Santa Priscila en Roma, a mitad del siglo II), invocaciones, como el “Sub tuum praesidium”, cuyo texto, que sepamos, data del año 250, pero probablemente era recitado mucho antes, y otras piadosas tradiciones, como la que da nombre a sus padres (san Joaquín y santa Ana, según el protoevangelio de Santiago, de mitad del siglo II), y que la hace nacer en Jerusalén, pues a nadie como a ella le cuadra el título de “Hija de Jerusalén”. La misma fiesta de la Natividad de María surgió algo más tarde, en el siglo V en Jerusalén, en el lugar que la tradición situó como el de su nacimiento, en la actual basílica de Santa Ana.

Naturalmente, los espíritus críticos tuercen el gesto ante estas piadosas tradiciones, sin aparente base científica. Pero el hecho de que, como vemos en ellas, todas las generaciones de cristianos se han interesado por María, tratando de ir más allá de los pocos –pero preciosísimos– datos que nos ofrece el Nuevo Testamento, habla de un amor verdadero, y, además (sobre la base de esos datos) bien fundamentado. Y, como no conocemos las fuentes que alimentan esas tradiciones nacidas del amor, tampoco tenemos por qué excluir de ellas testimonios que llegarían hasta el periodo prepascual.

En todo caso, la Iglesia nos invita a celebrar esta fiesta, a engancharnos a esta tradición, a alegrarnos con esta Natividad (título reservado a los nacimientos de Jesús, Juan el Bautista y María), a alegrarnos con el nacimiento de la Hija de Sión, de la que nació el Emmanuel, el Dios con nosotros. “Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”. Sí, hay motivos para la fiesta, para la alegría. 

Monday, September 7, 2026

Sabado

Evangelio

Lucas 6, 6-11

Un sábado, Jesús entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y fariseos estaban acechando a Jesús para ver si curaba en sábado y tener así de qué acusarlo.

Pero Jesús, conociendo sus intenciones, le dijo al hombre de la mano paralizada: "Levántate y ponte ahí en medio". El hombre se levantó y se puso en medio. Entonces Jesús les dijo: "Les voy a hacer una pregunta: ¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado: el bien o el mal, salvar una vida o acabar con ella?" Y después de recorrer con la vista a todos los presentes, le dijo al hombre: "Extiende la mano". El la extendió y quedó curado.

Los escribas y fariseos se pusieron furiosos y discutían entre sí lo que le iban a hacer a Jesús.



Meditacion:

¿Qué es el sábado? ¿Cuál es su sentido? ¿Se trata de una norma positiva que debe ser observada de manera ciega? ¿Por qué hacer el bien en sábado ponía furiosos a los fariseos? Los judíos consideraban esta norma en la práctica la más sagrada (junto al “Shemá Israel”), porque hasta el mismo Dios, que descansó el séptimo día, se sometía a ella. Pero, al interpretarla en su literalidad, perdían de vista su sentido profundo: el Sabbat representaba la consumación de la obra creadora de Dios, la entrada en el descanso divino que no era otra cosa que la plenitud de la salvación, de la vida eterna. Y es esa plenitud la que anticipa Jesús cuando en sábado sana, salva y da vida. No solo no infringe el sábado, sino que lo realiza y pone de manifiesto su verdadero sentido. De ahí la afilada y desafiante pregunta que dirige hoy a los fariseos, tratando de abrirles los ojos a la presencia actual de la salvación en su persona y en sus acciones.

Nuestros sábados son sólo la expresión de nuestro anhelo de alcanzar ese sábado real del descanso divino, en la comunión con Dios y los hermanos. Pero, de momento, estamos sólo en camino. Y respetar el sábado, que para nosotros es el domingo, el primer día de la semana, el día de la nueva creación por la resurrección de Jesús de entre los muertos, consiste en no cansarse de hacer el bien, como nos enseña Jesús. Hay que descansar, ciertamente, del trabajo, para recordar que no somos esclavos de nuestras necesidades materiales; pero no de las obras del amor, precisamente porque somos libres.

Y hacer el bien significa también luchar evangélicamente, pero con decisión, contra el mal en todas sus formas, también esas que anidan entre nosotros. Hacer el bien no es adoptar actitudes “buenistas”, que cierran los ojos ante el mal, haciendo como que no existe. Pablo nos da hoy un buen ejemplo de ello. Ante comportamientos intolerables e incompatibles con el Evangelio hay que tomar medidas, en ocasiones fuertes y dolorosas, pero que miran al bien de los pecadores y también de la comunidad, que podría acabar sucumbiendo ante el mal por falta de reacción. A veces asumimos actitudes románticas y blandas, que consideran poco evangélicas cosas como, por ejemplo, la disciplina de la Iglesia, que incluye en su derecho un capítulo sobre los delitos y las penas. Pero ya vemos que en la primerísima generación cristiana existía algo parecido a ello, que es también en ocasiones, y precisamente porque estamos de camino, una verdadera exigencia evangélica.

 

Friday, September 4, 2026

Odres


 Evangelio

Lucas 5, 33-39

En aquel tiempo, los fariseos y los escribas le preguntaron a Jesús: “¿Por qué los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oración, igual que los discípulos de los fariseos, y los tuyos, en cambio, comen y beben?”

Jesús les contestó: “¿Acaso pueden ustedes obligar a los invitados a una boda a que ayunen, mientras el esposo está con ellos? Vendrá un día en que les quiten al esposo, y entonces sí ayunarán”.

Les dijo también una parábola: “Nadie rompe un vestido nuevo para remendar uno viejo, porque echa a perder el nuevo, y al vestido viejo no le queda el remiendo del nuevo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo revienta los odres y entonces el vino se tira y los odres se echan a perder. El vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos y así se conservan el vino y los odres. Y nadie, acabando de beber un vino añejo, acepta uno nuevo, pues dice: ‘El añejo es mejor’”.



Meditacion:

Con frecuencia también nosotros corremos el riesgo de vivir la fe como una costumbre. Repetimos oraciones, participamos en las celebraciones o mantenemos ciertas tradiciones, pero el corazón puede permanecer igual. El Señor no viene únicamente a añadir algunas prácticas religiosas a nuestra agenda. Viene a renovar nuestra manera de pensar, de amar, de perdonar y de mirar la vida.

El vino nuevo del Evangelio sigue siendo siempre joven. Es la alegría de saberse amado por Dios, la libertad de quien descubre que la misericordia es más fuerte que el pecado y la esperanza que nace de confiar en que el Señor nunca abandona a sus hijos. Pero ese vino necesita odres nuevos, es decir, un corazón dispuesto a dejar atrás el orgullo, los prejuicios, el miedo al cambio y la comodidad que tantas veces nos impiden crecer.

La novedad de Cristo no consiste en romper con todo lo anterior, sino en llevarlo a su plenitud. Él no desprecia la tradición de su pueblo; la ilumina con el amor del Padre y le da su verdadero sentido. Por eso, ser cristiano no significa aferrarse al pasado ni buscar novedades por el simple hecho de que lo sean, sino permanecer abiertos a la acción del Espíritu Santo, que continúa renovando la Iglesia y la vida de cada creyente. Como dice Pablos, “no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor.”

Quizá el desafío más grande sea dejar que Dios haga nuevas todas las cosas en nosotros. Cada jornada puede ser una oportunidad para estrenar un modo distinto de vivir, más confiado, más generoso y más alegre. Cuando abrimos el corazón a Jesús, descubrimos que el Evangelio nunca envejece; quienes envejecemos en la fe somos nosotros cuando dejamos de sorprendernos por la presencia viva del Señor y nos conformamos con una religión de costumbre.

¿Qué «odres viejos» necesito dejar atrás para acoger con más libertad la novedad que Jesús quiere regalarme? ¿Mi manera de vivir la fe transmite la alegría del encuentro con Cristo o se ha convertido en una simple rutina?

Thursday, September 3, 2026

Pescador de hombres


 Evangelio

Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: "Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar". Simón replicó: "Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra echaré las redes". Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos. Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.

Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: "¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!" Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro, al ver la pesca que habían conseguido. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Entonces Jesús le dijo a Simón: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres". Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron.



Meditacion:

El lago de Genesaret es el escenario de uno de los encuentros más hermosos entre Jesús y sus primeros discípulos. Todo comienza en una jornada aparentemente fracasada. Simón y sus compañeros han trabajado durante toda la noche y regresan con las redes vacías. Conocen bien su oficio y saben que, humanamente, ya no merece la pena volver a intentarlo. Sin embargo, Jesús sube a la barca de Simón y, después de enseñar a la multitud, le hace una petición que parece poco razonable: «Rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar».

La respuesta de Pedro es una lección de confianza. No oculta su cansancio ni su decepción. Expresa con sinceridad lo que ha vivido: «Hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada». Pero añade unas palabras que cambian el rumbo de la historia: «Por tu palabra, echaré las redes». No actúa porque tenga garantías de éxito, sino porque confía en quien se lo pide.

También nosotros conocemos la experiencia de las redes vacías. Hay esfuerzos que parecen no dar fruto, proyectos que se detienen, relaciones que atraviesan dificultades, oraciones que parecen no encontrar respuesta. En esos momentos es fácil pensar que ya no vale la pena seguir intentándolo. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que Dios puede abrir caminos precisamente allí donde nosotros solo vemos límites.

La pesca es tan abundante que las redes casi se rompen. Entonces Pedro comprende que está delante de alguien mucho más grande de lo que imaginaba. En lugar de sentirse orgulloso por el éxito, reconoce humildemente su pequeñez: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Pero Jesús no se fija en sus límites, sino en todo lo bueno que puede llegar a hacer con él. No le reprocha su fragilidad ni busca personas perfectas. Lo llama a una misión nueva: «Desde ahora serás pescador de hombres».

Ese mismo modo de actuar continúa hoy. El Señor sigue subiendo a la barca de nuestra vida, incluso cuando está desordenada o llena de incertidumbres. Nos invita a confiar más en su palabra que en nuestros cálculos y nos recuerda que la vocación cristiana no nace de nuestros méritos, sino de su llamada. Quien se deja encontrar por Cristo descubre que sus manos, aunque sean frágiles, pueden convertirse en instrumento para llevar esperanza, consuelo y alegría a los demás. “. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.”

¿Cuáles son las «redes vacías» que hoy me cuesta volver a lanzar porque he perdido la esperanza? ¿Estoy dispuesto a confiar en la palabra de Jesús y dejar que Él transforme mis límites en una oportunidad para servir a los demás? 

Wednesday, September 2, 2026

Curaciones


 Evangelio

Lucas 4, 38-44

En aquel tiempo, Jesús salió de la sinagoga y entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Jesús, de pie junto a ella, mandó con energía a la fiebre, y la fiebre desapareció. Ella se levantó enseguida y se puso a servirles.

Al meterse el sol, todos los que tenían enfermos se los llevaron a Jesús y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los fue curando de sus enfermedades. De muchos de ellos salían también demonios que gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!” Pero él les ordenaba enérgicamente que se callaran, porque sabían que él era el Mesías.

Al día siguiente se fue a un lugar solitario y la gente lo andaba buscando. Cuando lo encontraron, quisieron retenerlo, para que no se alejara de ellos; pero él les dijo: “También tengo que anunciarles el Reino de Dios a las otras ciudades, pues para eso he sido enviado”. Y se fue a predicar en las sinagogas de Judea.



Meditacion:

El Evangelio de hoy nos permite acompañar a Jesús en una jornada intensa. Después de enseñar en la sinagoga, entra en la casa de Simón y se encuentra con una realidad muy cotidiana: una mujer enferma, incapaz de levantarse por la fiebre que la consume. Jesús no pasa de largo ni considera que aquel problema sea demasiado pequeño para ocupar su atención. Se acerca, se inclina sobre ella y la toma de la mano. La enfermedad desaparece y, enseguida, aquella mujer se pone a servir.

Es un detalle lleno de significado. El encuentro con Jesús no solo devuelve la salud, sino también la capacidad de amar y de ponerse al servicio de los demás. La verdadera curación siempre nos impulsa a salir de nosotros mismos. Cuando experimentamos el amor de Dios, nace en el corazón el deseo de compartirlo.

Al caer la tarde, la casa se llena de personas que buscan a Jesús. Llegan enfermos, afligidos, personas heridas por el dolor y la incertidumbre. Nadie queda excluido de su mirada. El Señor dedica tiempo a cada uno, escucha, toca, cura y devuelve la esperanza. No actúa con prisas ni establece diferencias entre unos y otros. Para Él, cada persona tiene un nombre, una historia y una dignidad que merece ser acogida.

Sin embargo, después de una jornada tan intensa, Jesús busca un lugar apartado para orar. Este detalle es especialmente importante. Su fuerza no nace del éxito ni del reconocimiento de la gente, sino de la profunda comunión con el Padre. Antes de seguir anunciando el Reino, necesita el silencio, la escucha y la oración. Nos enseña así que la misión pierde su sentido cuando deja de alimentarse del encuentro con Dios

Cuando la gente intenta retenerlo, Jesús responde que debe continuar su camino porque ha sido enviado a anunciar la Buena Noticia también en otros lugares. El amor de Dios no puede encerrarse entre cuatro paredes ni reservarse para unos pocos. Siempre está en salida, buscando nuevos corazones que necesiten esperanza. Eso nos afecta a nosotros, porque también “nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros campo de Dios, edificio de Dios.”

También nosotros corremos el riesgo de querer un Jesús que permanezca donde nos sentimos cómodos, mientras Él nos invita constantemente a mirar más allá de nuestro pequeño mundo. Nos llama a acercarnos a quien sufre, a cuidar con ternura a quienes la vida ha debilitado y, al mismo tiempo, a encontrar espacios de silencio donde renovar nuestra relación con Él. Solo desde esa experiencia de encuentro podremos ser auténticos testigos de su amor en la familia, en el trabajo, en la comunidad y en cada rincón de nuestra vida cotidiana.

¿Qué personas necesitan hoy que me acerque a ellas con la misma compasión con la que Jesús se acercó a los enfermos? ¿Estoy cuidando mi tiempo de oración para que mi servicio a los demás brote verdaderamente del encuentro con el Señor?

Tuesday, September 1, 2026

Santo de Dios

Evangelio

Lucas 4, 31-37

En aquel tiempo, Jesús fue a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad.

Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar muy fuerte: “¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”.

Pero Jesús le ordenó: “Cállate y sal de ese hombre”. Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño. Todos se espantaron y se decían unos a otros: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.



Meditacion:

Después del rechazo sufrido en Nazaret, Jesús llega a Cafarnaún y continúa haciendo aquello para lo que ha sido enviado: anunciar la Buena Noticia y devolver la esperanza a quienes la habían perdido. Nada detiene su misión. Sin límites geográficos o nacionales, con ambiciones católicas, o sea universales. En la sinagoga, su enseñanza llama la atención porque no se parece a la de los maestros de la época. Sus palabras no son teorías ni discursos vacíos; nacen de una vida totalmente unida al Padre y tienen la fuerza de tocar el corazón de las personas.

Esa misma autoridad se manifiesta cuando libera a un hombre dominado por un espíritu inmundo. Mientras el mal intenta imponerse con gritos y confusión, Jesús actúa con serenidad. No necesita levantar la voz ni recurrir a gestos espectaculares. Basta una palabra suya para que el hombre recupere la libertad. Allí donde Jesús está presente, el mal pierde terreno y la vida vuelve a abrirse camino.

Este Evangelio también habla de nosotros. Aunque no experimentemos situaciones como la que describe el relato, todos conocemos esas esclavitudes interiores que nos impiden vivir con paz: el miedo, el rencor, la desesperanza, la falta de perdón, el egoísmo o la sensación de que nada puede cambiar. Son cargas que, poco a poco, nos roban la alegría y la confianza.

La buena noticia es que Cristo sigue pronunciando hoy una palabra capaz de liberarnos. Lo hace cuando escuchamos el Evangelio con el corazón abierto, cuando celebramos los sacramentos, cuando alguien nos ofrece una mano en un momento difícil o cuando descubrimos que Dios no se cansa de buscarnos una y otra vez. Su autoridad no nace del poder, sino del amor que devuelve la dignidad a cada persona. El Espíritu viene en nuestra ayuda, “el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos.”

Quizá el mayor milagro que Jesús quiere realizar en nuestra vida sea liberarnos de todo aquello que nos aparta de Dios y de los hermanos. Si le dejamos entrar, también nosotros podremos convertirnos en instrumentos de esperanza y de paz para quienes nos rodean. Aunque nos parezca que no sabemos o no podemos, o que “eso no es para nosotros”.

¿De qué ataduras necesito pedir hoy a Jesús que me libere para vivir con más paz y confianza? ¿Qué palabra o gesto puedo ofrecer esta semana para ayudar a otra persona a experimentar el amor liberador de Dios?

 

Generacion

Evangelio Lucas 7, 31-35 En aquel tiempo, Jesús dijo: "¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se p...