Wednesday, September 16, 2026

Generacion

Evangelio

Lucas 7, 31-35

En aquel tiempo, Jesús dijo: "¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos niños que se sientan a jugar en la plaza y se gritan los unos a los otros:

'Tocamos la flauta y no han bailado,

cantamos canciones tristes y no han llorado'.

Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía vino, y ustedes dijeron: 'Ese está endemoniado'. Y viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: 'Este hombre es un glotón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores'. Pero sólo aquellos que tienen la sabiduría de Dios, son quienes lo reconocen".



Meditacion:

Lo que Jesús viene a decir en el texto evangélico de hoy. Los hombres de su generación se parecen a los que escuchaban a aquellos que pasan totalmente indiferentes frente a los niños que tocan la flauta. Van a lo suyo. Ni se ríen ni bailan cuando tocan música divertida ni lloran cuando tocan lamentaciones. ¡Indiferencia total! Como mucho, elaborar alguna disculpa para no atender a los que les llaman. Juan el Bautista, es que tenía un demonio. Jesús, mira que comilón y borracho. Siempre hay una razón para seguir a lo nuestro y dejar de lado a los demás. Y si no la hay, la fabricamos. Y con la conciencia tranquila seguimos el camino. Como decía la amiga de Mafalda (la genial niña dibujada tantas veces por Quino), siempre habrá pobres porque nacen en barrios pobres, van a escuelas pobres, viven en casas pobres y tienen empleos de…

Pero el Evangelio nos habla del amor. Y el amor es cualquier cosa menos indiferencia. Lo explica muy bien hoy la primera lectura. El amor es precisamente relación, abrirnos a los demás. El amor es compasión. Es dar la preferencia al otro. En el amor se trata de preocuparnos por el bien del otro y dejar lo mío, mis intereses, en segundo plano. El amor es compasión, comprensión, cercanía, mano tendida y abierta al otro y a sus necesidades. El amor es escucha paciente. El amor es sentir con el otro. Por eso crea fraternidad, familia, al contrario del individualismo que solo hace que crear fronteras

 

Tuesday, September 15, 2026

Difuntos


 Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,11-17):

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.

Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.»

Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!»

El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.



Meditacion:

En aquella procesión no iban dos difuntos sino dos. Esa era la realidad de aquella cultura en la que la mujer ocupaba un puesto secundario. Una mujer dependía de su marido. De hecho, al casarse dejaba la casa de su padre y se iba a vivir a la casa de su marido. Sería mejor decir que se iba a vivir con la familia de su marido, perdiendo toda relación con su propia familia. Una viuda, perdida la relación con su marido, y por tanto con la familia de su marido quedaba sin ningún apoyo. Apenas sus hijos serían los encargados de sostenerla. Pero en el caso que nos ocupa, la viuda tenía un único hijo y acababa de fallecer. Ya no había ningún tipo de red que la pudiese retener a ella. Quedaba sola en el mundo. Y abandonada. Por eso digo que, en la práctica, eran dos los difuntos en aquel entierro. El hijo muerto y la mujer que quedaba sola y abandonada. Destinada a vivir de la caridad. Recordemos que en aquella época tampoco había ningún sistema de seguridad social que pudiese servir de red protectora para estos casos.

Por eso, el milagro que hace Jesús no consiste sólo en resucitar al hijo difunto. En realidad, resucitando al hijo, Jesús “resucita” también a la madre. Le devuelve a la esperanza de una vida digna. Nosotros no podemos hacer milagros. No podemos devolver la vida a un muerto. Pero eso tampoco significa que nos quedemos de brazos cruzados.

Hay muchas formas de “resucitar” a alguien, de devolver la dignidad y la esperanza a los que están ya cayendo al abismo. Cerca de mi casa hay un centro donde se acoge a esas personas a las que la edad, las enfermedades físicas y/o mentales, la pobreza, ha ido dejando abandonadas. En esa casa se les ayuda a recuperar la dignidad y la esperanza. Eso también es “resucitar”. En los hospitales hay personas a las que les bastaría una mano amiga y un rato de compañía y escucha para recuperar la dignidad y la esperanza. Son apenas dos ejemplos. Ojalá vayamos encontrando formas y maneras de ayudar a los que nos rodean a “resucitar” y recuperar la esperanza

Monday, September 14, 2026

la cruz


 Evangelio

Juan 3, 13-17
En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: "Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo y está en el cielo. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él''.



Meditacion:
Parece mentira. Resulta increíble. Pero los cristianos hemos terminado poniendo a Jesús en la cruz, la imagen viva del fracaso, de la tortura, de la muerte sin sentido, el hundimiento de todas las esperanzas, como el signo de vida. La cruz preside nuestras iglesias y celebraciones. La cruz es el signo del cristiano. La cruz está en lo más alto de los campanarios. Pero curiosamente, no es un signo de muerte sino de vida.
No siempre fue así. Durante los primeros siglos, las imágenes de Jesús, incluso cuando se le representaba clavado en la cruz, era la imagen de un Jesús victorioso, triunfador. Solo en la Edad Media se le empezó a representar sufriente, en la agonía propia del martirio/tortura que era la cruz. Fue el momento en que los cristianos comenzaron a ver reflejados en ese Jesús sus dolores, sus penas, sus angustias. Y el dolor se transfiguró en fuente de esperanza y de vida. La entrega de Jesús nos abría la puerta a una vida diferente. Si él había resucitado, también nosotros resucitaríamos.
En realidad, en esa imagen de Jesús sufriente se nos manifiesta el amor de Dios que camina con nosotros hasta el final, que asume nuestros dolores. Ya no estamos solos. Es la frase de Jesús en el texto evangélico de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único…”. Porque Dios no quiere nuestra condenación/muerte sino que nos salvemos por su amor manifestado en Cristo Jesús. Y donde ese amor hasta el final se manifiesta de forma más clara es precisamente en la cruz. En ese momento final en que Jesús entrega su vida en fidelidad a su misión de anunciar el reino de su Abbá.
No fue difícil convertir la cruz en el signo del cristiano. A la vez instrumento de tortura, de muerte, de la violencia sin sentido que recorre nuestro mundo y, a veces, nuestros corazones, en signo de esperanza y de vida. En ella estuvo crucificado el Amor. Y el Amor es siempre, siempre, porque más que no lo entendamos ni lo veamos con claridad a veces, más fuerte que la muerte, que el odio, que la violencia, que la venganza. “En el signo de la Cruz venceremos”

Saturday, September 12, 2026

Frutos


 Evangelio

Lucas 6, 43-49

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.

El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón; y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón.

¿Por qué me dicen ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que yo les digo? Les voy a decir a quién se parece el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica. Se parece a un hombre, que al construir su casa, hizo una excavación profunda, para echar los cimientos sobre la roca. Vino la creciente y chocó el río contra aquella casa, pero no la pudo derribar, porque estaba sólidamente construida.

Pero el que no pone en práctica lo que escucha, se parece a un hombre que construyó su casa a flor de tierra, sin cimientos. Chocó el río contra ella e inmediatamente la derribó y quedó completamente destruida’’.



Meditacion:

Los frutos son lo visible, lo palpable, lo que se puede saborear. Pero el origen está en las raíces. Para que los frutos sean buenos es necesario que las raíces estén sanas. ¿Cómo sanar nuestras raíces, los fundamentos invisibles de los que depende la bondad de nuestros frutos? Porque hay frutos, expresiones externas aparentemente buenas, pero que son engañosas. Y es que, trascendiendo la imagen vegetal usada por Jesús, en el caso de la vida humana, los frutos no están solo en el hablar (exclamando, por ejemplo, “¡Señor, Señor!”), sino que a la palabra debe seguir la acción. Y aquí la raíz y el fundamento es la Palabra de Dios, la Palabra encarnada que es Jesús, y que no se limita a hablar, sino que se traduce en un modo de vida, centrado en el amor. Es la acogida, la asimilación y la puesta en práctica de esta Palabra de vida la que sana nuestras raíces y nos permite dar buenos frutos, obras de caridad para la vida del mundo.

Esta Palabra encarnada nos alimenta en el pan y el vino de la Eucaristía, cuerpo y sangre de Cristo. Y no está de más la advertencia de Pablo de no mezclar el pan y el vino eucarísticos con otros sacrificios, que no están orientados al verdadero Dios. Porque también hoy siguen existiendo ídolos con apariencia atrayente, pero que no solo no pueden salvar, sino que contaminan la fe en Cristo y nos apartan del Dios Padre de Jesús. Pienso, por ejemplo, en el peligroso sincretismo de la fe cristiana con prácticas como la Nueva Era, el horóspoco, diversas formas de espiritismo o adivinación, que son formas de participar en dos mesas, de beber de dos cálices, de provocar al Señor, de desconfiar en la fuerza de su amor, manifestada en la cruz

Friday, September 11, 2026

Ciegos

Evangelio

Lucas 6, 39-42

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano”.



Meditacion:

¿Cuál es mi motivación para anunciar el evangelio? ¿Cuál es mi paga? Es evidente que se puede uno dedicar a la loable misión de evangelizar por motivos no del todo puros. No es difícil recordar que el peligro del fariseísmo también amenaza a los cristianos. Podemos usar nuestro compromiso cristiano, el puesto que ocupo en la parroquia, en Cáritas, el ministerio sacerdotal y, en definitiva, cualquiera de las numerosas vocaciones cristianas, en beneficio propio, como medio de auto afirmación, de realización, de alcanzar cotas de poder… También los discípulos de Jesús se disputaban entre sí los mejores puestos (los que ellos se imaginaban que iban a ser). Por eso es tan imporante la afirmación, casi un lamento, de Pablo: “¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” Se ve que la tarea evangelizadora se había vuelto para él una pesada cruz. Y eso le ayudaba a purificar sus motivaciones. Al final, la única motivación válida es que el mismo testimonio cristiano es el único modo de participar de los bienes que anuncia y proclama. No es posible hacer de la fe cristiana una propiedad privada. Si no se anuncia, si no se testimonia, no es verdadera. Y esto supone decisiones difíciles y también renuncias, que, no obstante, valen la pena, esa pena implicada en ellas.

Y es que anunciar el Evangelio es anunciar la luz. Y si no se hace con ese mismo espíritu evangélico que se proclama, podemos convertirnos en ciegos que niegan con su vida lo que proclaman con sus palabras, y llevan así a muchos a renunciar y a negar lo que ven que testimoniamos sin convicción, sin autenticidad; ciegos que guían a ciegos y los hacen caer en el pozo. Ser discípulo es reconocerse ciego, pero que ha sido curado, que ha visto la luz. Y esa curación es un periodo de aprendizaje en el que hay que dejarse curar, es decir, enseñar y corregir, para poder llegar a ser como el maestro. Aunque, sinceramente hablando, nunca estamos a la altura del Maestro, Jesús, y nuestro aprendizaje no termina nunca, mientras estemos en este mundo. Pero la curación sí tiene lugar, y sólo entonces podemos guiar a otros con fidelidad, sin caer en el pozo, y corregir a los que lo necesitan, porque nosotros mismos nos hemos dejado corregir y estamos abiertos a nuevas correcciones. Se trata, en definitiva, de vivir el misterio del amor de una manera responsable y humilde, para poder llegar a ser así, no solo de palabra, sino también de obra, verdaderos testigos del Evangelio.

 

Thursday, September 10, 2026

Vara

 Evangelio

Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien sólo a los que les hacen el bien, ¿qué tiene de extraordinario? Lo mismo hacen los pecadores. Si prestan solamente cuando esperan cobrar, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores, con la intención de cobrárselo después.

Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Así tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno hasta con los malos y los ingratos. Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso.

No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos’’.



Meditacion:

También podríamos decir que nada hay más exigente que el amor. No hay ley, por dura y estricta que sea, que exija tanto como el mandamiento del amor, que, como ilustra Jesús hoy con tanta claridad, nos pide una entrega sin reservas y sin límites, dispuestos incluso a renunciar a lo que nos pertenece. Y esa entrega no es solo a los cercanos, a los que estamos inclinados a amar de manera natural, sino también a los que, por el contrario, de manera natural despiertan en nosotros sentimientos de rechazo y de odio. Jesús parece pedirnos un imposible. ¿Quién tiene fuerzas para amar con un amor así? En realidad, después de proclamar las bienaventuranzas, Jesús desgrana las consecuencias de ese nuevo mundo de valores que él mismo está inaugurando. Y más que proponernos exigencias desorbitadas de imposible cumplimiento, nos anuncia el amor en acto con el que Dios ya nos está amando. Es Dios, en Cristo, el que ama a sus enemigos, que somos nosotros cuando pecamos; es él el que se deja pegar en la mejilla, y se despoja de todo, de su capa y de su túnica, para, desnudo, entregar su vida en la cruz. Dios, en Jesús, nos ama con un amor compasivo, que no nos juzga, sino que nos perdona, y nos da sus dones con una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. Justo es que, enriquecidos de tal manera, tratemos de responder con una medida semejante.

Dios nos ama porque nos conoce. Nosotros solo podemos conocer de verdad si estamos en disposición de amar. Ese amor nos hace libres de los dioses y señores de este mundo, de sus ídolos y falsos salvadores. Pero esa libertad, al mismo tiempo, nos hace esclavos, servidores de nuestros hermanos. No nos servimos de esa libertad para escandalizar, sino para servir, y ello nos puede llevar a renunciar a ciertas expresiones de nuestra libertad si con ellas escandalizamos y perjudicamos a nuestros hermanos más débiles.

Hay una expresión de la espiritualidad clásica que casi ha caído en desuso, pero que estaría bien recuperar: la edificación. El que ama con libertad y con espíritu de servicio edifica a sus hermanos y edifica la comunidad cristiana, la Iglesia y el cuerpo de Cristo

Wednesday, September 9, 2026

Bienaventuranzas


 Evangelio

Lucas 6, 20-26
En aquel tiempo, mirando Jesús a sus discípulos, les dijo:
"Dichosos ustedes los pobres,
porque de ustedes es el Reino de Dios.
Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre,
porque serán saciados.
Dichosos ustedes los que lloran ahora,
porque al fin reirán.
Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.
Pero, ¡ay de ustedes, los ricos,
porque ya tienen ahora su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora,
porque después tendrán hambre!
¡Ay de ustedes, los que ríen ahora,
porque llorarán de pena!
¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe,
porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!"


Meditacion:
En el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que está escrita en los corazones, ya no en la piedra; es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aun cuando ante el mundo parezca fracasada y miserable. Sólo Dios puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos (cf. vv. 3-4), porque Él es el sumo bien que se da a todos con amor infinito. Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia (cf. vv. 6.9), porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna. Sólo en Dios encuentran alegría los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón (cf. vv. 5.7-8), porque Él es el cumplimiento de lo que esperan. En la persecución, Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad. Por eso Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» (…) De este modo, Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos. (…) las Bienaventuranzas son para nosotros una prueba de la felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan. De hecho, es “a causa de Cristo” (cf. v. 11) y gracias a Él que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos. Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción

Tuesday, September 8, 2026

Natividad de Maria


 Evangelio:

Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.

Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: "José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados".

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros.



Meditacion:

Del nacimiento de la Virgen María sólo tenemos la certeza de que tuvo lugar, no sabemos (más que muy aproximadamente) ni dónde ni cuándo. La Biblia no nos da ninguna noticia sobre este hecho. Pero el papel central de María en el acontecimiento de la salvación: su entrega total a la voluntad de Dios, su sí a ser madre del Emmanuel, el nacimiento virginal, su vida como fiel discípula de Jesús, hasta la cruz, y como madre de la Iglesia, todo ello espoleó el deseo de saber sobre ella ya en las primeras generaciones cristianas. Y de ahí surgieron muy pronto imágenes de María (en las catacumbas de Santa Priscila en Roma, a mitad del siglo II), invocaciones, como el “Sub tuum praesidium”, cuyo texto, que sepamos, data del año 250, pero probablemente era recitado mucho antes, y otras piadosas tradiciones, como la que da nombre a sus padres (san Joaquín y santa Ana, según el protoevangelio de Santiago, de mitad del siglo II), y que la hace nacer en Jerusalén, pues a nadie como a ella le cuadra el título de “Hija de Jerusalén”. La misma fiesta de la Natividad de María surgió algo más tarde, en el siglo V en Jerusalén, en el lugar que la tradición situó como el de su nacimiento, en la actual basílica de Santa Ana.

Naturalmente, los espíritus críticos tuercen el gesto ante estas piadosas tradiciones, sin aparente base científica. Pero el hecho de que, como vemos en ellas, todas las generaciones de cristianos se han interesado por María, tratando de ir más allá de los pocos –pero preciosísimos– datos que nos ofrece el Nuevo Testamento, habla de un amor verdadero, y, además (sobre la base de esos datos) bien fundamentado. Y, como no conocemos las fuentes que alimentan esas tradiciones nacidas del amor, tampoco tenemos por qué excluir de ellas testimonios que llegarían hasta el periodo prepascual.

En todo caso, la Iglesia nos invita a celebrar esta fiesta, a engancharnos a esta tradición, a alegrarnos con esta Natividad (título reservado a los nacimientos de Jesús, Juan el Bautista y María), a alegrarnos con el nacimiento de la Hija de Sión, de la que nació el Emmanuel, el Dios con nosotros. “Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”. Sí, hay motivos para la fiesta, para la alegría. 

Monday, September 7, 2026

Sabado

Evangelio

Lucas 6, 6-11

Un sábado, Jesús entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y fariseos estaban acechando a Jesús para ver si curaba en sábado y tener así de qué acusarlo.

Pero Jesús, conociendo sus intenciones, le dijo al hombre de la mano paralizada: "Levántate y ponte ahí en medio". El hombre se levantó y se puso en medio. Entonces Jesús les dijo: "Les voy a hacer una pregunta: ¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado: el bien o el mal, salvar una vida o acabar con ella?" Y después de recorrer con la vista a todos los presentes, le dijo al hombre: "Extiende la mano". El la extendió y quedó curado.

Los escribas y fariseos se pusieron furiosos y discutían entre sí lo que le iban a hacer a Jesús.



Meditacion:

¿Qué es el sábado? ¿Cuál es su sentido? ¿Se trata de una norma positiva que debe ser observada de manera ciega? ¿Por qué hacer el bien en sábado ponía furiosos a los fariseos? Los judíos consideraban esta norma en la práctica la más sagrada (junto al “Shemá Israel”), porque hasta el mismo Dios, que descansó el séptimo día, se sometía a ella. Pero, al interpretarla en su literalidad, perdían de vista su sentido profundo: el Sabbat representaba la consumación de la obra creadora de Dios, la entrada en el descanso divino que no era otra cosa que la plenitud de la salvación, de la vida eterna. Y es esa plenitud la que anticipa Jesús cuando en sábado sana, salva y da vida. No solo no infringe el sábado, sino que lo realiza y pone de manifiesto su verdadero sentido. De ahí la afilada y desafiante pregunta que dirige hoy a los fariseos, tratando de abrirles los ojos a la presencia actual de la salvación en su persona y en sus acciones.

Nuestros sábados son sólo la expresión de nuestro anhelo de alcanzar ese sábado real del descanso divino, en la comunión con Dios y los hermanos. Pero, de momento, estamos sólo en camino. Y respetar el sábado, que para nosotros es el domingo, el primer día de la semana, el día de la nueva creación por la resurrección de Jesús de entre los muertos, consiste en no cansarse de hacer el bien, como nos enseña Jesús. Hay que descansar, ciertamente, del trabajo, para recordar que no somos esclavos de nuestras necesidades materiales; pero no de las obras del amor, precisamente porque somos libres.

Y hacer el bien significa también luchar evangélicamente, pero con decisión, contra el mal en todas sus formas, también esas que anidan entre nosotros. Hacer el bien no es adoptar actitudes “buenistas”, que cierran los ojos ante el mal, haciendo como que no existe. Pablo nos da hoy un buen ejemplo de ello. Ante comportamientos intolerables e incompatibles con el Evangelio hay que tomar medidas, en ocasiones fuertes y dolorosas, pero que miran al bien de los pecadores y también de la comunidad, que podría acabar sucumbiendo ante el mal por falta de reacción. A veces asumimos actitudes románticas y blandas, que consideran poco evangélicas cosas como, por ejemplo, la disciplina de la Iglesia, que incluye en su derecho un capítulo sobre los delitos y las penas. Pero ya vemos que en la primerísima generación cristiana existía algo parecido a ello, que es también en ocasiones, y precisamente porque estamos de camino, una verdadera exigencia evangélica.

 

Friday, September 4, 2026

Odres


 Evangelio

Lucas 5, 33-39

En aquel tiempo, los fariseos y los escribas le preguntaron a Jesús: “¿Por qué los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oración, igual que los discípulos de los fariseos, y los tuyos, en cambio, comen y beben?”

Jesús les contestó: “¿Acaso pueden ustedes obligar a los invitados a una boda a que ayunen, mientras el esposo está con ellos? Vendrá un día en que les quiten al esposo, y entonces sí ayunarán”.

Les dijo también una parábola: “Nadie rompe un vestido nuevo para remendar uno viejo, porque echa a perder el nuevo, y al vestido viejo no le queda el remiendo del nuevo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo revienta los odres y entonces el vino se tira y los odres se echan a perder. El vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos y así se conservan el vino y los odres. Y nadie, acabando de beber un vino añejo, acepta uno nuevo, pues dice: ‘El añejo es mejor’”.



Meditacion:

Con frecuencia también nosotros corremos el riesgo de vivir la fe como una costumbre. Repetimos oraciones, participamos en las celebraciones o mantenemos ciertas tradiciones, pero el corazón puede permanecer igual. El Señor no viene únicamente a añadir algunas prácticas religiosas a nuestra agenda. Viene a renovar nuestra manera de pensar, de amar, de perdonar y de mirar la vida.

El vino nuevo del Evangelio sigue siendo siempre joven. Es la alegría de saberse amado por Dios, la libertad de quien descubre que la misericordia es más fuerte que el pecado y la esperanza que nace de confiar en que el Señor nunca abandona a sus hijos. Pero ese vino necesita odres nuevos, es decir, un corazón dispuesto a dejar atrás el orgullo, los prejuicios, el miedo al cambio y la comodidad que tantas veces nos impiden crecer.

La novedad de Cristo no consiste en romper con todo lo anterior, sino en llevarlo a su plenitud. Él no desprecia la tradición de su pueblo; la ilumina con el amor del Padre y le da su verdadero sentido. Por eso, ser cristiano no significa aferrarse al pasado ni buscar novedades por el simple hecho de que lo sean, sino permanecer abiertos a la acción del Espíritu Santo, que continúa renovando la Iglesia y la vida de cada creyente. Como dice Pablos, “no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor.”

Quizá el desafío más grande sea dejar que Dios haga nuevas todas las cosas en nosotros. Cada jornada puede ser una oportunidad para estrenar un modo distinto de vivir, más confiado, más generoso y más alegre. Cuando abrimos el corazón a Jesús, descubrimos que el Evangelio nunca envejece; quienes envejecemos en la fe somos nosotros cuando dejamos de sorprendernos por la presencia viva del Señor y nos conformamos con una religión de costumbre.

¿Qué «odres viejos» necesito dejar atrás para acoger con más libertad la novedad que Jesús quiere regalarme? ¿Mi manera de vivir la fe transmite la alegría del encuentro con Cristo o se ha convertido en una simple rutina?

Thursday, September 3, 2026

Pescador de hombres


 Evangelio

Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: "Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar". Simón replicó: "Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra echaré las redes". Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos. Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.

Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: "¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!" Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro, al ver la pesca que habían conseguido. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Entonces Jesús le dijo a Simón: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres". Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron.



Meditacion:

El lago de Genesaret es el escenario de uno de los encuentros más hermosos entre Jesús y sus primeros discípulos. Todo comienza en una jornada aparentemente fracasada. Simón y sus compañeros han trabajado durante toda la noche y regresan con las redes vacías. Conocen bien su oficio y saben que, humanamente, ya no merece la pena volver a intentarlo. Sin embargo, Jesús sube a la barca de Simón y, después de enseñar a la multitud, le hace una petición que parece poco razonable: «Rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar».

La respuesta de Pedro es una lección de confianza. No oculta su cansancio ni su decepción. Expresa con sinceridad lo que ha vivido: «Hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada». Pero añade unas palabras que cambian el rumbo de la historia: «Por tu palabra, echaré las redes». No actúa porque tenga garantías de éxito, sino porque confía en quien se lo pide.

También nosotros conocemos la experiencia de las redes vacías. Hay esfuerzos que parecen no dar fruto, proyectos que se detienen, relaciones que atraviesan dificultades, oraciones que parecen no encontrar respuesta. En esos momentos es fácil pensar que ya no vale la pena seguir intentándolo. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que Dios puede abrir caminos precisamente allí donde nosotros solo vemos límites.

La pesca es tan abundante que las redes casi se rompen. Entonces Pedro comprende que está delante de alguien mucho más grande de lo que imaginaba. En lugar de sentirse orgulloso por el éxito, reconoce humildemente su pequeñez: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Pero Jesús no se fija en sus límites, sino en todo lo bueno que puede llegar a hacer con él. No le reprocha su fragilidad ni busca personas perfectas. Lo llama a una misión nueva: «Desde ahora serás pescador de hombres».

Ese mismo modo de actuar continúa hoy. El Señor sigue subiendo a la barca de nuestra vida, incluso cuando está desordenada o llena de incertidumbres. Nos invita a confiar más en su palabra que en nuestros cálculos y nos recuerda que la vocación cristiana no nace de nuestros méritos, sino de su llamada. Quien se deja encontrar por Cristo descubre que sus manos, aunque sean frágiles, pueden convertirse en instrumento para llevar esperanza, consuelo y alegría a los demás. “. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.”

¿Cuáles son las «redes vacías» que hoy me cuesta volver a lanzar porque he perdido la esperanza? ¿Estoy dispuesto a confiar en la palabra de Jesús y dejar que Él transforme mis límites en una oportunidad para servir a los demás? 

Wednesday, September 2, 2026

Curaciones


 Evangelio

Lucas 4, 38-44

En aquel tiempo, Jesús salió de la sinagoga y entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Jesús, de pie junto a ella, mandó con energía a la fiebre, y la fiebre desapareció. Ella se levantó enseguida y se puso a servirles.

Al meterse el sol, todos los que tenían enfermos se los llevaron a Jesús y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los fue curando de sus enfermedades. De muchos de ellos salían también demonios que gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!” Pero él les ordenaba enérgicamente que se callaran, porque sabían que él era el Mesías.

Al día siguiente se fue a un lugar solitario y la gente lo andaba buscando. Cuando lo encontraron, quisieron retenerlo, para que no se alejara de ellos; pero él les dijo: “También tengo que anunciarles el Reino de Dios a las otras ciudades, pues para eso he sido enviado”. Y se fue a predicar en las sinagogas de Judea.



Meditacion:

El Evangelio de hoy nos permite acompañar a Jesús en una jornada intensa. Después de enseñar en la sinagoga, entra en la casa de Simón y se encuentra con una realidad muy cotidiana: una mujer enferma, incapaz de levantarse por la fiebre que la consume. Jesús no pasa de largo ni considera que aquel problema sea demasiado pequeño para ocupar su atención. Se acerca, se inclina sobre ella y la toma de la mano. La enfermedad desaparece y, enseguida, aquella mujer se pone a servir.

Es un detalle lleno de significado. El encuentro con Jesús no solo devuelve la salud, sino también la capacidad de amar y de ponerse al servicio de los demás. La verdadera curación siempre nos impulsa a salir de nosotros mismos. Cuando experimentamos el amor de Dios, nace en el corazón el deseo de compartirlo.

Al caer la tarde, la casa se llena de personas que buscan a Jesús. Llegan enfermos, afligidos, personas heridas por el dolor y la incertidumbre. Nadie queda excluido de su mirada. El Señor dedica tiempo a cada uno, escucha, toca, cura y devuelve la esperanza. No actúa con prisas ni establece diferencias entre unos y otros. Para Él, cada persona tiene un nombre, una historia y una dignidad que merece ser acogida.

Sin embargo, después de una jornada tan intensa, Jesús busca un lugar apartado para orar. Este detalle es especialmente importante. Su fuerza no nace del éxito ni del reconocimiento de la gente, sino de la profunda comunión con el Padre. Antes de seguir anunciando el Reino, necesita el silencio, la escucha y la oración. Nos enseña así que la misión pierde su sentido cuando deja de alimentarse del encuentro con Dios

Cuando la gente intenta retenerlo, Jesús responde que debe continuar su camino porque ha sido enviado a anunciar la Buena Noticia también en otros lugares. El amor de Dios no puede encerrarse entre cuatro paredes ni reservarse para unos pocos. Siempre está en salida, buscando nuevos corazones que necesiten esperanza. Eso nos afecta a nosotros, porque también “nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros campo de Dios, edificio de Dios.”

También nosotros corremos el riesgo de querer un Jesús que permanezca donde nos sentimos cómodos, mientras Él nos invita constantemente a mirar más allá de nuestro pequeño mundo. Nos llama a acercarnos a quien sufre, a cuidar con ternura a quienes la vida ha debilitado y, al mismo tiempo, a encontrar espacios de silencio donde renovar nuestra relación con Él. Solo desde esa experiencia de encuentro podremos ser auténticos testigos de su amor en la familia, en el trabajo, en la comunidad y en cada rincón de nuestra vida cotidiana.

¿Qué personas necesitan hoy que me acerque a ellas con la misma compasión con la que Jesús se acercó a los enfermos? ¿Estoy cuidando mi tiempo de oración para que mi servicio a los demás brote verdaderamente del encuentro con el Señor?

Tuesday, September 1, 2026

Santo de Dios

Evangelio

Lucas 4, 31-37

En aquel tiempo, Jesús fue a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad.

Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar muy fuerte: “¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”.

Pero Jesús le ordenó: “Cállate y sal de ese hombre”. Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño. Todos se espantaron y se decían unos a otros: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.



Meditacion:

Después del rechazo sufrido en Nazaret, Jesús llega a Cafarnaún y continúa haciendo aquello para lo que ha sido enviado: anunciar la Buena Noticia y devolver la esperanza a quienes la habían perdido. Nada detiene su misión. Sin límites geográficos o nacionales, con ambiciones católicas, o sea universales. En la sinagoga, su enseñanza llama la atención porque no se parece a la de los maestros de la época. Sus palabras no son teorías ni discursos vacíos; nacen de una vida totalmente unida al Padre y tienen la fuerza de tocar el corazón de las personas.

Esa misma autoridad se manifiesta cuando libera a un hombre dominado por un espíritu inmundo. Mientras el mal intenta imponerse con gritos y confusión, Jesús actúa con serenidad. No necesita levantar la voz ni recurrir a gestos espectaculares. Basta una palabra suya para que el hombre recupere la libertad. Allí donde Jesús está presente, el mal pierde terreno y la vida vuelve a abrirse camino.

Este Evangelio también habla de nosotros. Aunque no experimentemos situaciones como la que describe el relato, todos conocemos esas esclavitudes interiores que nos impiden vivir con paz: el miedo, el rencor, la desesperanza, la falta de perdón, el egoísmo o la sensación de que nada puede cambiar. Son cargas que, poco a poco, nos roban la alegría y la confianza.

La buena noticia es que Cristo sigue pronunciando hoy una palabra capaz de liberarnos. Lo hace cuando escuchamos el Evangelio con el corazón abierto, cuando celebramos los sacramentos, cuando alguien nos ofrece una mano en un momento difícil o cuando descubrimos que Dios no se cansa de buscarnos una y otra vez. Su autoridad no nace del poder, sino del amor que devuelve la dignidad a cada persona. El Espíritu viene en nuestra ayuda, “el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos.”

Quizá el mayor milagro que Jesús quiere realizar en nuestra vida sea liberarnos de todo aquello que nos aparta de Dios y de los hermanos. Si le dejamos entrar, también nosotros podremos convertirnos en instrumentos de esperanza y de paz para quienes nos rodean. Aunque nos parezca que no sabemos o no podemos, o que “eso no es para nosotros”.

¿De qué ataduras necesito pedir hoy a Jesús que me libere para vivir con más paz y confianza? ¿Qué palabra o gesto puedo ofrecer esta semana para ayudar a otra persona a experimentar el amor liberador de Dios?

 

Monday, August 31, 2026

Pasaje


 Evangelio

Lucas 4, 16-30

En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura, que ustedes acaban de oír”.

Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?”

Jesús les dijo: “Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo, y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm’ ”.

Y añadió: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, que era de Siria”.

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta una barranca del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí.



Meditacion:

 Jesús regresa a Nazaret, el pueblo donde había crecido. Todos lo conocen desde pequeño y esperan escuchar palabras que les llenen de orgullo. En la sinagoga lee un texto del profeta Isaías que anuncia la llegada del tiempo de la salvación y, después, pronuncia una frase que cambia por completo el ambiente: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».

Al principio, quienes lo escuchan quedan admirados. Sin embargo, esa admiración dura poco. Cuando Jesús les recuerda que Dios no actúa según nuestros esquemas y que su amor alcanza también a quienes son considerados extraños o enemigos, el entusiasmo se convierte en rechazo. Aquellos vecinos que lo habían recibido con agrado terminan expulsándolo del pueblo.

Este relato nos recuerda una verdad muy humana. Nos encanta un Dios que confirme nuestras ideas y bendiga nuestros planes, pero nos cuesta aceptar que su mirada es mucho más amplia que la nuestra. Jesús rompe fronteras, derriba prejuicios y nos invita a descubrir que nadie queda fuera de la misericordia de Dios. Incluso aquellos a los que nos cuesta trabajo mirarlos.

También nosotros podemos caer en la tentación de pensar que conocemos perfectamente a Jesús, simplemente porque hemos convivido con el Evangelio desde hace años. Nos suenan las lecturas, conocemos los ritos y algo podemos decir de la vida de Jesús. Pero conocer datos sobre Él no es lo mismo que dejarse transformar por su palabra. Cada vez que escuchamos el Evangelio tenemos la oportunidad de permitir que Dios ensanche nuestro corazón y nos ayude a mirar a los demás con más compasión, menos etiquetas y una esperanza renovada.

La reacción de los habitantes de Nazaret nos invita a preguntarnos si estamos dispuestos a acoger un mensaje que cuestione nuestras seguridades. La fe madura precisamente cuando dejamos que el Señor nos sorprenda y nos conduzca por caminos nuevos, incluso cuando no coinciden con nuestras expectativas. Recordando las palabras de Pablo, “con la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.”

¿Estoy dispuesto a dejar que la Palabra de Dios cambie mis prejuicios y mis formas de pensar? ¿A qué personas o situaciones me invita hoy Jesús a mirar con la misma misericordia con la que Dios las contempla?

Saturday, August 29, 2026

Juan el Bautista


 Evangelio

Marcus 6, 17-29

En aquel tiempo, Herodes había mandado apresar a Juan el Bautista y lo había metido y encadenado en la cárcel. Herodes se había casado con Herodías, esposa de su hermano Filipo, y Juan le decía: “No te está permitido tener por mujer a la esposa de tu hermano”. Por eso Herodes lo mandó encarcelar.

Herodías sentía por ello gran rencor contra Juan y quería quitarle la vida, pero no sabía cómo, porque Herodes miraba con respeto a Juan, pues sabía que era un hombre recto y santo, y lo tenía custodiado. Cuando lo oía hablar, quedaba desconcertado, pero le gustaba escucharlo.

La ocasión llegó cuando Herodes dio un banquete a su corte, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea, con motivo de su cumpleaños. La hija de Herodías bailó durante la fiesta y su baile les gustó mucho a Herodes y a sus invitados. El rey le dijo entonces a la joven: “Pídeme lo que quieras y yo te lo daré”. Y le juró varias veces: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.

Ella fue a preguntarle a su madre: “¿Qué le pido?” Su madre le contestó: “La cabeza de Juan el Bautista”. Volvió ella inmediatamente junto al rey y le dijo: “Quiero que me des ahora mismo, en una charola, la cabeza de Juan el Bautista”.

El rey se puso muy triste, pero debido a su juramento y a los convidados, no quiso desairar a la joven, y enseguida mandó a un verdugo que trajera la cabeza de Juan. El verdugo fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una charola, se la entregó a la joven y ella se la entregó a su madre.

Al enterarse de esto, los discípulos de Juan fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.



Meditacion:

Como último acto, el Bautista testimonia con la sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios, sin ceder o retroceder, cumpliendo su misión hasta las últimas consecuencias.  (…) Vemos esta gran figura, esta fuerza en la pasión, en la resistencia contra los poderosos. Preguntamos: ¿de dónde nace esta vida, esta interioridad tan fuerte, tan recta, tan coherente, entregada de modo tan total por Dios y para preparar el camino a Jesús? La respuesta es sencilla: de la relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia. (…) celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad, no admite componendas. La Verdad es Verdad, no hay componendas. La vida cristiana exige, por decirlo así, el «martirio» de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto sólo puede tener lugar en nuestra vida si es sólida la relación con Dios. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las actividades apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de tener una vida de oración fiel, constante, confiada, será Dios mismo quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de un modo feliz y sereno, para superar las dificultades y dar testimonio de él con valentía. Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre el primado de Dios en nuestra vida

Friday, August 28, 2026

Virgenes


 Evangelio

Mateo 25, 1-13

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!’ Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: ‘Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando’. Las previsoras les contestaron: ‘No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo’.

Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’. Pero él les respondió: ‘Yo les aseguro que no las conozco’.

Estén pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora’’.



Meditacion:

La primera idea que se nos ocurre a muchos al leer esta parábola de Jesús es que las vírgenes sensatas, además de sensatas, eran unas egoístas. Podían haber compartido su aceite con las otras vírgenes (que podían ser necias, pero ¿qué culpa tenían ellas?). ¿No es eso lo que nos pide el Evangelio tantas veces: que debemos compartir lo que tenemos con los que no tienen? Porque leyendo el Evangelio entendemos que la solidaridad y la fraternidad y la comprensión mutua son las bases del reino y sin ellas no se puede construir la familia de Dios Padre.

Pero lo cierto es que, cuando Jesús cuenta una parábola, una historia a la gente o a sus discípulos no quiere sacar la moraleja de todas las cosas que dice, sino que apenas quiere subrayar un elemento, una idea. En este caso, podríamos resumir esa idea en un “hay que estar a lo que se está” y no despistarnos con otras cosas. Porque las que no estuvieron a lo que tenían que estar (estar preparadas para el momento en que llegase el novio) se quedaron fuera. Así de simple. No se trata de que fuesen condenadas al infierno ni nada parecido. La parábola nos llama a estar atentos porque, como dice al final, “no sabemos el día ni la hora.”

La parábola tiene fácil aplicación a nuestras vidas. Si estamos a seguir a Jesús no estamos con otras veinte mil cosas en la cabeza. Si estamos a servir a nuestros hermanos (que son para nosotros siempre la imagen viva de Jesús – el novio), no estamos a otros negocios. Lo urgente es lo importante. Y la urgencia, para el cristiano, la marca siempre, siempre, la necesidad del hermano, y en especial, la del hermano necesitado.

Jesús nos invita a estar atentos, a no vivir despistados, a no estar centrados en nuestro ombligo, sino a mirar alrededor y descubrir continuamente donde nos está llamando el novio, Jesús. No vaya a ser que llegue y seamos nosotros los que estemos mirando para otro lado. Y le dejemos pasar

Thursday, August 27, 2026

Estad preparados


 Evangelio

Mateo 24, 42-51

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Velen y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor. Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. También ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre.

Fíjense en un servidor fiel y prudente, a quien su amo nombró encargado de toda la servidumbre para que le proporcionara oportunamente el alimento. Dichoso ese servidor, si al regresar su amo, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que le encargará la administración de todos sus bienes.

Pero si el servidor es un malvado, y pensando que su amo tardará, se pone a golpear a sus compañeros, a comer y emborracharse, vendrá su amo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará severamente y lo hará correr la misma suerte de los hipócritas. Entonces todo será llanto y desesperación’’.



Meditacion:

Así es la vida. Así es como Jesús, con gran sentido común, nos avisa a todos en el texto evangélico de hoy. “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.” La verdad es que el futuro no lo controlamos. De ninguna manera. Ni el futuro lejano. Ni el futuro cercano. Lo que tenemos es este presente, este ahora, en el que estamos, con el tiempo –segundos, minutos, horas…– que se nos va escapando como la arena de la playa se nos va cayendo de entre los dedos de la mano donde intentamos retenerla.

Es ahora y no mañana cuando tenemos que vivir en cristiano. Es ahora y no mañana cuando tenemos que perdonar, que ser misericordiosos, que trabajar por la justicia y la fraternidad. Es ahora y no mañana cuando tenemos que dar la mano al hermano o hermana necesitado y compartir lo que tenemos. Sobre todo, porque no sabemos si tendremos un mañana. Pero, más importante, para no desperdiciar este presente que tenemos, para no tirar por la borda este ahora que es lo único que tenemos.

A la hora que menos pensemos llegará el Hijo del Hombre y nos preguntará qué hemos hecho con nuestra vida. Y no valdrá de nada decir que en nuestra programación lo de vivir el Evangelio lo teníamos planificado para mañana. Porque ya será tarde

Wednesday, August 26, 2026

Ay de Ustedes!

Evangelio
Mateo 23, 27-32
En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre! Así también ustedes: por fuera parecen justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque les construyen sepulcros a los profetas y adornan las tumbas de los justos, y dicen: ‘Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, nosotros no habríamos sido cómplices de ellos en el asesinato de los profetas’! Con esto ustedes están reconociendo que son hijos de los asesinos de los profetas. ¡Terminen, pues, de hacer lo que sus padres comenzaron!”


Meditacion:
Hay que ser muy prudente para ponerse de ejemplo ante los demás. Jesús nos invita en el texto evangélico de hoy a ser un poco humildes y reconocer lo que realmente somos, con nuestras miserias, pequeñas o grandes, con nuestras limitaciones. Basta, quizá, con que echemos una mirada a nuestro pasado. ¿Quién puede decir que lo ha hecho todo bien? ¿Quién puede decir que está limpio de pecado? ¿Quién puede decir que no ha metido la pata nunca? El que escribe esto no puede responder afirmativamente a ninguna de estas preguntas. O bien, ¿quién es el que puede decir que, si yo hubiese estado allí, en aquel momento, yo habría hecho o yo habría dicho. Es fácil ver lo que habría que haber hecho o dicho a toro pasado. Pero, en realidad, no sabemos, no tenemos ni idea, de lo que habríamos hecho o dicho si hubiéramos estado delante del toro, en medio de alguna situación complicada. Hay muchas posibilidades de que nos hubiera vencido el temar y hubiésemos actuado cobardemente. Y si pensamos de otra manera, que yo hubiese… vale más que nos acordemos de Pedro y sus tres negaciones cuando le preguntaron en el momento en que estaban juzgando a Jesús si no era uno de los suyos.
Por eso, conviene que trabajemos un poco más la humildad. Conviene que seamos muy conscientes de lo que somos, de lo poquita cosa que somos. Conviene que tengamos presente nuestro pasado, nuestras meteduras de pata. No se trata de regodearnos en la culpabilidad para estar eternamente pidiendo perdón a Dios. Sino para ser conscientes, muy conscientes, de su misericordia, de su amor, de su paciencia con nosotros. Y gozarnos en él, que es nuestra vida.
Y conviene también que no juzguemos a los demás. Y si los juzgamos, que sea siempre con la misma misericordia que Dios tiene con nosotros: una misericordia y una compresión infinita, edificada sobre el amor y el cariño. Y nunca con la dureza y la fuerza del que pone la ley, nuestra ley, por encima de las personas. Porque Dios no hace eso nunca

 

Tuesday, August 25, 2026

Escribas y fariseos

Evangelio

Mateo 23, 23-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, pero descuidan lo más importante de la ley, que son la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que tenían que practicar, sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito, pero se tragan el camello!

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera los vasos y los platos, mientras que por dentro siguen sucios con su rapacidad y codicia! ¡Fariseo ciego!, limpia primero por dentro el vaso y así quedará también limpio por fuera’’.



Meditacion:

El cumplimiento mecánico de normas y regulaciones diversas siempre es más fácil que comprometernos a seguir orientaciones generales. Así dicho, parece que no significa nada. Así que vamos a poner un ejemplo. Cuando nos sentimos enfermos, vamos al médico. Lo más común es que haga un diagnóstico de lo que tenemos y nos recete una serie de medicinas. “Tómese de esto una al desayuno, otra a la comida y otra a la cena y en cuatro días estará bien”. Cuando el médico nos dice algo así, nos resulta fácil seguir sus indicaciones. Pero si el médico nos dice que lo que tenemos que hacer es cambiar nuestro estilo de vida, de alimentación, que tenemos que hacer más ejercicio, etc., eso nos resulta mucho más complicado.

Pues algo así nos pasa en nuestra relación con Dios. Cuando la ritualizamos, nos resulta fácil sentirnos bien: tenemos que ir a misa todos los domingos (da un poco lo mismo cómo sea nuestra participación/atención), tenemos que confesarnos periódicamente, tenemos que rezar unas oraciones todos los días… Y cumpliendo esas normas, ya cumplimos con Dios. Ya nos podemos sentir bien y justificados. Y, de paso, podemos mirar mal a los que no cumplen esas normas.

Pero la verdad es que Jesús nos llama a mucho más que a cumplir unas normas. Casi podríamos decir que las normas le importan poco a Jesús. Lo que le importa es lo otro: la actitud del corazón, la misericordia dirigida sin límite a nuestros hermanos y hermanas, la capacidad de acogida, de generar fraternidad y perdón y justicia y amor. Todo eso es mucho más difícil que cumplir unas normas.

Por eso a veces nos pasa que filtramos el mosquito (buscamos cumplir con detalle las normas) pero nos tragamos el camello (nos olvidamos de amar sin límites, de trabajar por la fraternidad y la justicia). Pues eso, que no seamos como los escribas y fariseos hipócritas.

 

Monday, August 24, 2026

Bartolome

Evangelio

Juan 1, 45-51

En aquel tiempo, Felipe se encontró con Natanael y le dijo: "Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la ley y también los profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José". Natanael replicó: "¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?" Felipe le contestó: "Ven y lo verás".

Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: "Éste es un verdadero israelita en el que no hay doblez". Natanael le preguntó: "¿De dónde me conoces?" Jesús le respondió: "Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera". Respondió Natanael: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel". Jesús le contestó: "Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver". Después añadió: "Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre".



Meditacion:

Quizá porque ha habido algún momento en nuestras vidas como el que nos narra el texto evangélico de hoy: el primer encuentro de Natanael con Jesús. Es un relato un poco confuso. Da la impresión de que Natanael estaba buscando algo. Así se entiende que Felipe le señale a Jesús como la posible respuesta a las inquietudes de Natanael. Sus inquietudes no significan que esté dispuesto a creer al primer predicador que se le pase por delante. Parece que los orígenes de Jesús no le convencían de entrada.

Pero se produce el encuentro y la impresión que nos deja el relato es que Natanael queda deslumbrado. Algo le llega de tal modo al corazón y a la mente, que no puede más que reconocer en Jesús al Hijo de Dios. Y a partir de ahí, entendemos que todo cambió en la vida de Natanael. No digo que se le fueran todas las preguntas y las dudas. No digo que fuese el mejor de los apóstoles. También él salió corriendo en el momento de la cruz. Pro volvió y fue fiel. Y dedicó su vida a anunciar el reino y a hablar de Jesús.

Quizá sería bueno que dedicásemos un momento a revivir aquel primer encuentro o primeros encuentros con Jesús. Aquel que nos llevó a ir más allá de pensar en el pecado o en la salvación para descubrir que vale la pena tratar de seguir

 

Generacion

Evangelio Lucas 7, 31-35 En aquel tiempo, Jesús dijo: "¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se p...