Evangelio
Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.
Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia”. Él les respondió: “¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas.
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Meditacion:
¿Sabías que Jesús hizo más de trescientas preguntas en los evangelios? En cambio, solo respondió directamente algunas cuantas. Eso es debido a que sus preguntas a menudo eran la respuesta. Guiaban a las personas a dar una respuesta libre al amor de Dios. En lugar de dar respuestas sencillas y directas, motivaba a la gente a buscar en su corazón, examinar sus actitudes y profundizar sus relación con Dios y los demás.
Jesús incluso cuestionó a su madre, María, cuando ella y José lo encontraron en el templo después de tres días de búsqueda: “¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” (Lucas 2, 49).
Superficialmente, podría parecer como si Jesús estuviera siendo en cierta medida irrespetuoso con ella y con José. ¿Cuántos de nosotros daríamos una reprimenda a nuestros hijos si nos trataran de esa forma? Pero María respondió distinto. Primero, al igual que los doctores en el templo, se quedó “admirada” por la pregunta de Jesús (Lucas 2, 47. 48). Pero fue más allá de su sorpresa inicial y asumió una actitud más de oración: ella “conservaba en su corazón todas aquellas cosas” (2, 50).
Esta es probablemente una de las ilustraciones más claras del inmaculado corazón de María. Ella confiaba en que Jesús tuvo las mejores intenciones al quedarse en el templo. No guardó rencor contra él por haberlos hecho pasar a ella y a José por esa angustiante búsqueda. Tampoco actuó a la defensiva o asumió que Jesús le estaba faltando el respeto con su pregunta, ni sintió la necesidad de poner a Jesús en su lugar. María se limitó a presentar sus preocupaciones a Dios en oración y a pedirle que le ayudara a entender.
Al igual que María, es posible que no entiendas todo lo que Dios parece decir o hacer en tu vida. Pero si meditas y rezas, el Espíritu Santo te ayudará. Es más, puedes pedirle a María que interceda por ti. Ella es el modelo perfecto de alguien que aceptó las palabras de Jesús con un corazón puro y confiado, y te puede ayudar a ti a hacer lo mismo.
“Santa María, ruega por mí para que mi corazón sea tan puro como el tuyo.”
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