Evangelio
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que a todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios; pero a aquel que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante los ángeles de Dios.
A todo aquel que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero a aquel que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.
Cuando los lleven a las sinagogas y ante los jueces y autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que convenga decir’’.
Meditacion:
Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. ¡Cuánto me gustaría creerme por completo estas palabras de Jesús, y no preocuparme de lo que tengo que decir!
Los mártires de los primeros siglos sí entendían estas palabras. Ellos vivían en una sana tensión, esperando la venida de Jesús, y por eso se esforzaban en ser coherentes. Y precisamente por eso, porque eran coherentes, porque su vida y sus palabras estaban entrelazadas, sabían lo que tenían que decir. No vivían en compartimentos estancos. Incluso ante los verdugos. Y más de uno tuvo oportunidad, casi seguro, de dar testimonio, sin abogado defensor y sin derecho al Habeas Corpus.
El sábado es el día que, tradicionalmente, se dedica al recuerdo más concreto de María. Mujer de pocas palabras, pero precisas. Y de grandes obras. Nosotros hablamos y hablamos y hablamos, enviamos SMS, redactamos correos, vemos la tele, oímos la radio… Cada día, millas y millas de palabras salen de nuestros labios o llegan a nuestros oídos. ¿De qué hablamos? ¿Qué escuchamos? ¿Se nota que somos cristianos, también en esta faceta de nuestra vida?
Dejando de lado los momentos en que no queda más remedio que hablar del tiempo (ascensores, salas de espera, colas en la compra…), siempre hay ocasiones para dar testimonio. Con las palabras, pero sobre todo con las obras. Al volante (si conduces), en las aulas (si estudias), en el trabajo, ¿cómo eres? Porque no estamos hablando de dar testimonio en el día del Juicio Final (entonces será tarde), sino en el día a día, en nuestra vida ordinaria. Ahí se ve cómo está nuestra fe. E igual que se puede pecar de pensamiento, palabra, obra y omisión, también podemos dar testimonio de muchas maneras.
Abrahán creyó. Santa María creyó. ¿Y tú?
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