Evangelio
En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.
Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del demonio; el enemigo que la siembra es el demonio; el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.
Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga’’.
Meditacion:
Como vemos en esta parábola, Dios es el único juez justo entre el bien y el mal. Y él no está indignado. Viendo la creación de principio a fin, él solamente es capaz de ordenar todo con perfecta justicia. Solamente él puede separar la “buena semilla” de la “cizaña”. Así que no necesitamos andar arrancando toda la mala hierba que creemos ver en su jardín. ¡Juzgar es el trabajo de Dios, no de nosotros!
Desafortunadamente, todos tenemos la capacidad de nombrarnos a nosotros mismos como juez, jurado y verdugo, a veces con consecuencias desastrosas. ¿Quién sabe si la persona a la que acabamos de atacar estaba al límite de un descalabro espiritual? Tal vez acabamos de alejarla todavía más de Dios en lugar de acercarla. Lo más probable es que al juzgar mal a alguien nosotros también estemos sembrado la cizaña del orgullo, el enojo y aislamiento en nuestro propio corazón. Esta es la razón por la cual Jesús nos advierte que la medida que aplicamos a otras personas en realidad se convierte en la medida que recibiremos (Mateo 7, 2).
¡Pero podemos cambiar nuestra forma de medir! Podemos pedirle al Espíritu Santo su paciencia y comprensión, incluso con aquellos que nos han hecho daño o cuyos puntos de vista nos ofenden. Jesús mostró misericordia con las personas que lo clavaron en la cruz. El Señor puede enseñarnos a tener la misma clase de misericordia, paciencia, esperanza y confianza.
Si podemos tratar a cada persona como un hijo de Dios con un destino eterno —alguien a quien Jesús ha amado tanto que murió por él— nuestras palabras ofrecerán sanación y luz en lugar de dolor. Siempre que estemos sembrando semillas de amor, podemos estar seguros de que tendremos una buena cosecha.
“¡Señor, es tan fácil criticar a los demás! Te pido que me ayudes a ver más allá de los errores de las personas y a verlos como tus hijos. Que yo siempre pueda pronunciar las palabras de ayuda que ellos necesitan escuchar.”

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