Evangelio
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
Y la voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día’’.
Meditacion:
En la fiesta que celebramos hoy, recordamos a nuestros “fieles difuntos”. Este término puede sonar demasiado lejano e impersonal. Pero la muerte de un ser querido es cualquier cosa menos lejana. Ellos son nuestros esposos o esposas, nuestros padres, hijos o amigos. Ellos son nuestros amados difuntos, y nuestro sentimiento de pérdida puede ser realmente profundo. Podríamos sentir como si hubiéramos perdido toda conexión con ellos y, en nuestro dolor, incluso podemos dudar de la bondad de Dios.
Esa es la razón por la cual la fiesta de hoy es un don, tanto para nosotros como para nuestros seres queridos que ya han muerto. La conmemoración de todos los fieles difuntos nos recuerda que debido a nuestro Bautismo, somos miembros del Cuerpo de Cristo. A través de Jesús, estamos eternamente unidos con todos nuestros hermanos, tanto vivos como muertos. Por medio de nuestras oraciones, podemos ayudar a aquellos que se han ido primero que nosotros y que ahora están siendo purificados (CIC, 958, 961-962). Y mientras rezamos por ellos, nuestra propia fe puede hacerse más fuerte.
En el Evangelio de hoy, Jesús hace una promesa maravillosa: “Al que viene a mí yo no lo echaré fuera” (Juan 6, 37). Su misericordia es tan grande que si acudimos a él con una fe humilde y un arrepentimiento sincero, él nos purificará y nos sanará, sin importar lo que hayamos hecho, ¡qué consolador! En esta promesa, encontramos el valor de rezar para que nuestros seres queridos experimenten esta curación, aún después de la muerte. No solo eso, encontramos la valentía para confiar en que el Señor que los recibe también nos recibirá a nosotros.
Hoy, rezamos por todos aquellos que ya han muerto, para que el amor santo y perfecto de Dios continúe purificándolos y que así puedan unirse plenamente al Señor. Como lo escribió el Papa Benedicto XVI, que puedan “llegar a ser definitivamente capaces de Dios y poder tomar parte en la mesa del banquete nupcial eterno” (Spe Salvi, 46). Que nada sea un obstáculo para ellos: Ni el pecado, ni el temor o la vergüenza ni las heridas de los pecados de otros. Que nada los aleje de Jesús y su amor sanador.
“Señor, ten misericordia de nosotros, pecadores.”

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