Evangelio
Lc 14, 12-14
En aquel tiempo, Jesús dijo al jefe de los fariseos que lo había invitado a comer:
"Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado.
Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos"
Meditacion:
Para Jesús, la mesa de cenar es un lugar sagrado. A menudo decidía hacer una conexión personal con las personas yendo a comer a su casa. Debido a que Jesús está presente en la sagrada cena de la Eucaristía, el cielo toca la tierra en cada Misa. Este sagrado encuentro continuará en la eternidad en el “banquete de bodas del Cordero” (Apocalipsis 19, 9).
Pero incluso los tiempos ordinarios de comida pueden ofrecer una oportunidad para encontrarse con Dios. Desde Abraham hasta Rahab hasta los primeros discípulos, el pueblo de Dios se encontraba con el Señor ofreciendo hospitalidad (Génesis 18; Josué 2; Hechos 2, 44). Es más, reflejaban la hospitalidad de Dios mismo.
Por eso cuando Jesús habla de celebrar un banquete e invitar a los pobres, nos está invitando a ser hospitalarios como su Padre (Lucas 14, 13). Nos invita a rehacer nuestras listas de invitados y a reorientar nuestro corazón. Nos pide que abramos nuestros brazos a los que sufren y a los marginados y los veamos con su compasión. Y nos recuerda que las personas que son pobres o que sufren tienen una gran dignidad.
Jesús no está describiendo una comida ofrecida, sino una comida compartida en familia. Verdaderamente podemos encontrarnos y conectarnos con otra persona recibiéndola, estando presente y escuchando y experimentando juntos el amor de Dios. Al sentarnos en esta mesa, las paredes comienzan a tambalearse. Compartir una comida comunica amor de formas tangibles que superan las palabras, y un extraño puede convertirse en un hermano.
Quizá no sabemos cómo “invitar al pobre” a nuestra vida, pero podemos comenzar pidiéndole al Espíritu Santo que nos muestre a alguien que tenga hambre, ya sea de alimentos o del amor de Dios. El Espíritu puede abrir nuestros ojos y ayudarnos a acercarnos a esas personas. A menudo las personas tienen necesidades simples y ordinarias. Incluso una sonrisa, o un poco de dinero, o una palabra amable puede abrir la puerta de la hospitalidad que Dios desea que ofrezcamos. Ahí, también encontraremos a Dios que habita en su corazón. Podremos afirmar la belleza y la dignidad que él ha infundido en su alma y encontrarnos con Jesús mismo.
“Señor, te pido que abras mi corazón a alguien que es pobre materialmente o de espíritu.”
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