Evangelio
Lc 14, 1. 7-11
Un sábado, Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo. Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola:
"Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga a decirte: 'Déjale el lugar a éste', y tengas que ir a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento. Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: 'Amigo, acércate a la cabecera'.
Entonces te verás honrado en presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido''.
Meditacion:
Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos. (Lucas 14, 1)
¿Aceptarías una invitación a una cena si sabes que tu anfitrión no te quiere? Eso fue exactamente lo que Jesús hizo, y no solamente en el Evangelio de hoy.
San Lucas narra tres relatos en los que Jesús compartió una comida con algún fariseo. En una ocasión comió con Simón y una mujer entró en la casa y lavó los pies del Señor con lágrimas (Lucas 7, 36-50). En otra ocasión compartió el pan con otro fariseo que se preguntaba por qué Jesús no realizaba el ritual de lavarse (11, 38). Y, como escuchamos ayer, Jesús entró en la casa de uno de los jefes de los fariseos y escandalizó a los invitados sanando a un enfermo en el día de reposo. El pasaje de hoy es la continuación de esa historia, en la que Jesús advierte que aquellos que se exaltan a sí mismos serán humillados (14, 1. 11).
Jesús podría haber evitado a sus oponentes y en su lugar haberse enfocado en la multitud que acudía a él, con su corazón abierto al mensaje que él transmitía. En contraste, la mayoría de los fariseos parecían procurar por todos los medios encontrar una falta en Jesús. El Señor podría haber decidido que las probabilidades de éxito eran bajas y que el riesgo era alto. Podría haberse dado por vencido con ellos y declinado sus invitaciones. Pero no lo hizo, porque “el Señor no rechaza a su pueblo” (Salmo 94 (93), 14).
Jesús amó a los fariseos. En esta comida, vio el orgullo escondido en su corazón cuando algunos de ellos procuraron asientos de honor en la mesa. Pero en lugar de reprenderlos, les mostró misericordia y siguió actuando en su corazón. Los exhortó a entender que “el que se engrandece a sí mismo, será humillado” (Lucas 14, 11).
¿Cuántos de nosotros anhelamos el honor y la posición como aquellos fariseos? ¡Muy a menudo luchamos por ser humildes! Pero Jesús perseveró en buscarlos, y te busca a ti con la misma misericordia infinita. El Señor te ama y no te abandonará; él te invita a dejar tu búsqueda del prestigio y a que le permitas llenarte con paz. Jesús te ofrece un verdadero lugar de honor a su lado. Ven a mí, aprende de mí, dice. Humíllate y mi Padre te exaltará.
“Gracias, Señor, porque siempre me buscas. Deseo escucharte.”

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