Monday, November 25, 2024

La viuda

Evangelio
Lc 21,1-4
En aquel tiempo, levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en las alcancías del templo. Vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos. Porque éstos dan a Dios de lo que les sobra; pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir”.


Meditacion:
Quizá no sea del todo cierta la afirmación, casi convertida en dogma, de que “los pobres nos evangelizan”. No es raro que a la pobreza material siga la cultural y también la moral: robo, delincuencia, desesperación. Hemos conocido trapicheo de los pobres al participar en un reparto de víveres, hemos sabido de quienes han revendido a otro indigente, a veces a precio de usura, el bocadillo que les acabábamos de comprar. La pobreza severa puede deshumanizar. Lo decía muy bien en su oración el sabio bíblico: “no me des pobreza ni riquezas, sino solo el pan de cada día. Porque teniendo mucho, podría desconocerte y decir: ¿Y quién es el Señor? Y teniendo poco, podría llegar a robar y deshonrar así el nombre de mi Dios” (Prov 30, 9-11).
Jesús declaró dichosos a los pobres, pero no nos invitó a empobrecer a otros para hacerlos dichosos. Lo suyo era un grito kerigmático: Dios va a comenzar a reinar, y esto implicará que las cosas sean como él quiere, que el sufrimiento de los pobres desaparezca. El sufrimiento humano puede llevar a perder todo control, a pervertir los sentimientos del corazón. D. Quijote aconsejaba sabiamente a Sancho, gobernador de la ínsula de Baratria: “procurar la abundancia de los mantenimientos, que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la carestía” (p. II, cap. 51).
Hay una pobreza impuesta, forzada, como la que origina el haber nacido en un arrabal y tener que vivir escarbando en el muladar; y existe una pobreza de opción: tantos misioneros y colaboradores voluntarios que dejan el confort de su país y se van a otro continente a servir a carenciados asumiendo su misma condición. Esta pobreza dignifica. Y en este desprendimiento caben grados, entre lo “razonable” y lo “radical”. Esto engendra buenos sentimientos, semejantes a los de la anciana del evangelio.
Y hay una pobreza no llamativa, pero sí persistente y sin perspectiva de cambio: la familia trabajadora humilde, que vive con lo justo y a veces se queda a cero. Tal vez fue el caso de la viejecita del evangelio, que ponía su esperanza en el Dios providente que no abandona a los pobres; se quedó sin nada por el momento: ya surgirá algo. En la tradición paulina se fustiga la avaricia y se invita a la conformidad con lo necesario: “teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1Tim 6,8).
He conocido en mi propia familia, y en otras tan humildes como la mía, la acogida del mendigo transeúnte, a quien se hacía sentar en la mesa familiar y se le daba cobijo por algunos días. La Liturgia de las Horas, elogiando a la santa madre de familia, dice: “En la mesa de los hijos/ hizo a los pobres un sitio”. Es hermosa la realización literal.

 

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