Tuesday, November 26, 2024

Piedra sobre piedra


 Evangelio

Lc 21, 5-11
En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.
Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”
Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.
Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles”.


Meditacion:
Acabamos de celebrar la fiesta de Jesucristo Rey del Universo. Es él quien reina, quien dirige los destinos de la historia; ninguna fuerza maligna se le resiste, pues dispone de una hoz para talar de raíz todo brote de maldad y sufrimiento: tiene que poner “a todos sus enemigos bajo sus pies” (1Co 15,25). Esta lucha de Dios con el mal se expresa con lenguaje figurado, del que cada época echa mano para hablar de sucesos que no caben en conceptos humanos corrientes. Así se creó en la última época veterotestamentaria toda una imaginería convencional que no debe ser leída como un libro de ciencias exactas.
En el texto evangélico de hoy tenemos quizá tres capas superpuestas: imágenes ya previas a Jesús (partiendo de la destrucción del templo por Nabucodonosor), la aportación específica de él (llamada a una renovación religiosa a fondo, de la que el cambio de templo sería un símbolo) y rasgos pastorales añadidos por el evangelista. La comunidad lucana, como las nuestras, no espera ya un fin del mundo inminente como sucedía algunas décadas antes; y esto puede llevarla a adormecerse, al enfriamiento religioso. El evangelista, su pastor, sin azuzar ningún nerviosismo ante catástrofes, tiene que impulsarla a que viva despierta, atenta a las venidas cotidianas del Señor.
Al parecer la comunidad se pregunta por el cuándo y por las señales precursoras del cambio o la victoria final, con las posibles tribulaciones que la acompañen. Y el evangelista invita a no tomar a cualquiera por el Mesías ni cualquier suceso por el acontecimiento final. Parece aconsejar una serena “espiritualidad de la vida ordinaria”.
El evangelista quita importancia a las señales del cielo (cataclismos cósmicos) y de la tierra (terremotos y guerras, destrucción), sin descuidar que todo ello son llamadas. Los intérpretes cristianos (si exceptuamos algunas sectas) han interiorizado siempre esas interpelaciones; en el siglo quinto San Agustín decía que la Biblia no pretende “enseñar cómo va el cielo, sino cómo se va al cielo”. Y en el siglo XX apareció la llamada interpretación existencial: es dentro de mí donde deben producirse cataclismos quizá cotidianos, hasta que llegue el terremoto final, mi plena conversión al evangelio. En lenguaje mítico se transmiten grandes verdades humanas y religiosas; estemos atentos a los símbolos.

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