Friday, April 11, 2025

Obras buenas


 Evangelio
Juan 10, 31-42
En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: “He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?”
Le contestaron los judíos: “No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios”. Jesús les replicó: “¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho: ‘Soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre”. Trataron entonces de apoderarse de él, pero se les escapó de las manos.
Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: “Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan decía de éste, era verdad”. Y muchos creyeron en él allí.



Meditacion:
El cristianismo es una visión optimista del mundo y de la historia: todo ha sido creado por Dios y todo es, en principio, bueno. Pero este optimismo cristiano es, como decía el filósofo E. Mounier, un “optimismo trágico”. Es trágico porque no es ingenuo, ni cierra los ojos ante el mal ni lo minimiza. Y, sin embargo, sigue creyendo en el triunfo final del bien: que la bondad de la creación, fruto de la omnipotencia de Dios, no puede ser derrotada por el mal, consecuencia de la libertad limitada del ser humano.
El profeta Jeremías expresa con dramatismo este optimismo trágico: fuerzas oscuras se alzan contra el justo, el honrado, el pobre. Esas fuerzas malvadas se pueden presentar como amables, incluso como amigas, pero buscan la perdición del que se opone y denuncia sus crímenes. Pero la confianza en el Señor acaba triunfando y permite elevar un canto de alabanza al Dios que libera al pobre de la gente perversa.
En Cristo Jesús vemos con claridad meridiana cómo las fuerzas del mal no son solo la consecuencia de una búsqueda ilegítima (por medio de la mentira, el engaño o la violencia) de la propia ventaja, sino que, en ocasiones, los mismos representantes del bien, de la justicia y hasta de la religión pueden lanzarse contra los designios de Dios, contra Aquel que viene a traer el cielo a la tierra, a cumplir la voluntad del Padre, que es exclusivamente una voluntad de bien.
Lo que no vemos con esa claridad meridiana ahora es el triunfo final del bien, que profetiza Jeremías. Y es que ese triunfo, fundamento del optimismo cristiano, transciende los límites de este mundo, en el que tantas veces parece triunfar el mal. Ese triunfo es la resurrección de Cristo, que afirma que el bien, el perdón y la vida, que acaban triunfando, pero no con las evidencias propias de este mundo, sino sólo desde la fe, que recibimos por el bautismo. En una situación dramática de persecución y acoso, Jesús sostiene nuestro optimismo marchando al Jordán símbolo del bautismo, para que muchos crean en él, y eleven un canto de alabanza a Dios, que libera la vida del pobre.

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