Saturday, April 12, 2025

Uno por el pueblo


 Evangelio

Juan 11, 45-56

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver que Jesús había resucitado a Lázaro, creyeron en él. Pero algunos de entre ellos fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron al sanedrín y decían: “¿Qué será bueno hacer? Ese hombre está haciendo muchos prodigios. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él, van a venir los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación”.

Pero uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: “Ustedes no saben nada. No comprenden que conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca”. Sin embargo, esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios, que estaban dispersos. Por lo tanto, desde aquel día tomaron la decisión de matarlo.

Por esta razón, Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la ciudad de Efraín, en la región contigua al desierto y allí se quedó con sus discípulos.

Se acercaba la Pascua de los judíos y muchos de las regiones circunvecinas llegaron a Jerusalén antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús en el templo y se decían unos a otros: “¿Qué pasará? ¿No irá a venir para la fiesta?”




Meditacion:

Ante el mal en todas sus formas la actitud de Dios es sanar, restablecer, dar vida. Esta dinámica es ya muy clara (contra lo que ha veces se piensa y se dice) en el Antiguo Testamento. La idolatría, la ruptura de la Alianza, el pecado (y no Dios) provocan la dispersión, la división, el exilio, la muerte del pueblo. Pero la reacción de Dios es restaurar, reunir de nuevo en la tierra prometida, unir en un solo pueblo, purificar, renovar la Alianza, que será una Alianza eterna y universal, para todos los pueblos.

La extrema expresión del pecado es la muerte. Jesús ha realizado el gran signo de la vuelta a la vida de su amigo Lázaro. Pero este signo de la presencia entre nosotros del Reino de Dios, del poder creador de Dios que obra en Jesús, es visto por algunos como una amenaza de su poder temporal. Por eso, su reacción es la decisión definitiva e inapelable (la pronuncia el Sumo Sacerdote) de condenar a muerte a Jesús.

Pero lo que puede parecer el triunfo del mal sobre el bien, de la muerte sobre la vida, va a ser, al contrario, el acontecimiento por el que se sellará esa Alianza eterna profetizada por Ezequiel. Y es que la sentencia de muerte pronunciada por Caifás no es realmente la última palabra (la última instancia), que pertenece a Dios, que es quien hace profetizar a Caifás contra su voluntad. Jesús entrega libremente su vida para reunir no sólo a Israel (al que se refería Ezequiel), no sólo a Judá, sino a todos los hijos de Dios dispersos de todas las naciones, de los confines de la tierra.

Jesús se apresta a volver a Jerusalén. Nosotros, discípulos suyos, debemos estar dispuestos a acompañarlo, a ser testigos de su Pasión, para poder proclamar después su Resurrección. Mañana, Domingo de Ramos, nos adentramos en la Semana Santa, el giro decisivo de la historia de la humanidad. “Ya están pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén” (Sal 122, 2).

No comments:

Post a Comment

Providencia

  Evangelio Mateo 6, 24-34 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro...