Evangelio
Mateo 13, 31-35
En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en su huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”.
Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”.
Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
Meditacion:
Hoy Jesús nos habla de la grandeza de lo pequeño. En nuestro mundo impera la productividad, los resultados, las cifras (cuanto más grandes mejor). Todo eso nada tiene que ver con las dos parábolas de hoy.
Porque, en definitiva, estas dos parábolas ponen por delante el valor infinito de los pequeños gestos, que es donde a veces se revela lo mejor de las personas. Estas parábolas me han hecho recuerdan el Camino de Santiago, esa peregrinación que hacen tantas personas y que lleva a lo que, según la tradición, es la tumba del apóstol Santiago. A lo largo del camino hay numerosos albergues. La mayoría son muy pobres. Apenas una casa no en muy buen estado, unos camastros y unos aseos sencillos para los caminantes. Estan gestionados por diversas asociaciones de “Amigos del Camino de Santiago”, que con sus pocos medios hacen lo imposible por atender y cuidar a los peregrinos. Hay pocos medios pero un montón de calor humano, de acogida, de fraternidad. En definitiva, de Evangelio.
Pues lo mismo se aplica al Evangelio de hoy. Los pequeños gestos son capaces de provocar más cambios en las personas y en nuestro mundo que las grandes maquinarias. El Evangelio va de eso: de pequeños gestos de acogida, de mano tendida y fraterna, que se entrega sin pedir nada a cambio, a fondo perdido. Como el amor de Dios.

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