Evangelio
“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios.
La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios’’.
Meditacion:
Piensa en cómo es que el sol salga nuevamente después de varios días en los que el cielo ha estado nublado. Tú sientes que se te levanta el ánimo; te sientes más vivo y con más energía. El mundo no parece un lugar tan malo después de todo.
Así es como podemos sentirnos cuando acudimos a la presencia del Señor, ¡aún en los días más nublados!
Pero la luz de Jesús no está ahí simplemente para hacernos felices, sino que revela cosas. Si alguna vez has jugado “al escondite” afuera en un día soleado, entonces sabes lo difícil que es evitar ser detectado. Lo mismo sucede con tu pecado. Así como la oscuridad esconde cosas, nosotros intentamos esconder nuestras malas acciones y actitudes de pecado. No queremos que ninguna de ellas salga a la luz.
Así que piensa en la primera cosa que venga a tu mente cuando escuchas a San Juan en el Evangelio de hoy hablar sobre las personas que “prefirieron las tinieblas” (Juan 3, 20). ¿Te imaginas como una de esas personas, o piensas en alguien que conoces? La mayoría de nosotros tiende a subestimarse a sí mismo o a pensar en personas que conoces y que no parecen ser los más ejemplares. ¡Hacemos cualquier cosa para evitar que la luz brille sobre aquello que estamos intentando esconder!
Pero incluso los mejores entre nosotros han luchado con el pecado. Piensa en San Juan Pablo II. Para él era una prioridad confesarse todas las semanas. Probablemente esto no era porque tuviera muchas cosas malas que necesitara confesar. Sino porque no quería que sus pecados permanecieran ocultos en la oscuridad, incluso los más pequeños que generalmente ignoramos. Él quería invitar a Jesús a que su luz brillara sobre todos sus pecados para que la oscuridad y las sombras que los rodeaban se disiparan.
Si Juan Pablo II podía admitir sus faltas, tú también podías hacerlo. Recuerda, Jesús no hace brillar su luz en tu corazón para avergonzarte. El Señor vino para “que el mundo se salvara por él” (Juan 3, 17). ¡Así que permítele que te siga salvando! ¡Permite que su vida te ofrezca la oportunidad de cambiar!
“Señor Jesús, no deseo esconder mis pecados de ti o de mí mismo. Te pido que me des la valentía de enfrentarlos para que yo pueda acercarme más a ti.”

No comments:
Post a Comment