Tuesday, December 3, 2024

Te doy gacias


 Evangelio

Lectura del santo evangelio segun san Lucas (10,21-24):
EN aquella hora Jesús se lleno de la alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».



Meditacion:
Por su parte, el Evangelio de Lucas (10, 21-24) nos sitúa ante la gratitud y la alegría de Jesús, quien alaba al Padre por revelar los misterios del Reino a los pequeños. En esta escena, encontramos el corazón del Adviento: la invitación a ser pequeños, a reconocer nuestra dependencia de Dios y a abrirnos con humildad a la revelación de su amor. El Año jubilar que estamos por comenzar nos llama a una espiritualidad de la gratitud, a redescubrir las maravillas de Dios en nuestra vida cotidiana y en los signos de los tiempos para convertirnos en signos de esperanza.
Jesús exclama: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!” Este privilegio de los discípulos se extiende hoy a nosotros. En Adviento, contemplamos el misterio de la encarnación y nos preparamos para experimentar la cercanía de Dios, que no se queda lejos, sino que entra en nuestra historia para redimirnos y llenarnos de alegría.
Desde la clave del Adviento y del Año jubilar, estas lecturas nos interpelan: ¿estamos dejando que el Espíritu transforme nuestra vida? ¿Reconocemos a Cristo como el renuevo que da esperanza en medio de nuestras realidades más secas y estériles? ¿Nos acercamos al misterio con la humildad de los pequeños, agradeciendo la obra de Dios en nosotros?

Wednesday, November 27, 2024

Perseguidos en mi nombre


 Evangelio

Lc 21, 12-19
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Los perseguirán y los apresarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernantes por causa mía. Con esto ustedes darán testimonio de mí.
Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.
Los traicionarán hasta sus padres y hermanos, sus parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida’’.



Meditacion:
La última de las bienaventuranzas de Jesús es para los “odiados, evitados, injuriados, rechazados hasta en el nombre” (Lc 6,22). Los expertos suponen que este macarismo, último de la serie, tiene un origen independiente de los anteriores, y que Jesús lo pronunció hacia el final de su ministerio, cuando comenzó a sentir rechazo y a preverlo también para sus seguidores. Y la Iglesia naciente confirmó pronto la previsión de Jesús.
La misión de la Iglesia implica crítica de cuanto no funciona según el plan de Dios; Jesús denunció muchas cosas y a sus seguidores dejó marcado el camino. El creyente, y más aún si es pastor, catequista o misionero, se convierte fácilmente en aguijón; al parecer, cada año mueren violentamente unos 30 misioneros. Ya en Apoc 6,9 aparecen “los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que habían dado”.
Podríamos dar un gran salto y situarnos en el siglo XX, en Armenia, en España, en la URSS, en el mundo nazi, en algunos países asiáticos, en el Congo… La grandeza de los mártires radica en que “no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Apoc 12,11). No fueron unos vulgares masoquistas; como Jesús, gozaban con la belleza de los pájaros y las flores, buscaban vida abundante para todos; pero, puestos en la tesitura de elegir, se dijeron: “tu amor vale más que la vida” (Salmo 63,3).
Ante este panorama espléndido nos quedan dos advertencias apostólicas:
1Pe 4,15: “que ninguno de vosotros sea perseguido por asesino, ladrón o malhechor”. No vale cualquier sufrimiento. San Agustín decía que al mártir no le caracteriza la pena, sino el motivo.
Tito 3,2: “recuérdales que muestren toda dulzura a todos los hombres”. Incluso cuando el creyente manifiesta obligados desacuerdos, cuando denuncia o corrige, debe mostrar humildad y mansedumbre, nunca desamor o amargura hacia los oyentes.

Tuesday, November 26, 2024

Piedra sobre piedra


 Evangelio

Lc 21, 5-11
En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.
Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”
Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.
Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles”.


Meditacion:
Acabamos de celebrar la fiesta de Jesucristo Rey del Universo. Es él quien reina, quien dirige los destinos de la historia; ninguna fuerza maligna se le resiste, pues dispone de una hoz para talar de raíz todo brote de maldad y sufrimiento: tiene que poner “a todos sus enemigos bajo sus pies” (1Co 15,25). Esta lucha de Dios con el mal se expresa con lenguaje figurado, del que cada época echa mano para hablar de sucesos que no caben en conceptos humanos corrientes. Así se creó en la última época veterotestamentaria toda una imaginería convencional que no debe ser leída como un libro de ciencias exactas.
En el texto evangélico de hoy tenemos quizá tres capas superpuestas: imágenes ya previas a Jesús (partiendo de la destrucción del templo por Nabucodonosor), la aportación específica de él (llamada a una renovación religiosa a fondo, de la que el cambio de templo sería un símbolo) y rasgos pastorales añadidos por el evangelista. La comunidad lucana, como las nuestras, no espera ya un fin del mundo inminente como sucedía algunas décadas antes; y esto puede llevarla a adormecerse, al enfriamiento religioso. El evangelista, su pastor, sin azuzar ningún nerviosismo ante catástrofes, tiene que impulsarla a que viva despierta, atenta a las venidas cotidianas del Señor.
Al parecer la comunidad se pregunta por el cuándo y por las señales precursoras del cambio o la victoria final, con las posibles tribulaciones que la acompañen. Y el evangelista invita a no tomar a cualquiera por el Mesías ni cualquier suceso por el acontecimiento final. Parece aconsejar una serena “espiritualidad de la vida ordinaria”.
El evangelista quita importancia a las señales del cielo (cataclismos cósmicos) y de la tierra (terremotos y guerras, destrucción), sin descuidar que todo ello son llamadas. Los intérpretes cristianos (si exceptuamos algunas sectas) han interiorizado siempre esas interpelaciones; en el siglo quinto San Agustín decía que la Biblia no pretende “enseñar cómo va el cielo, sino cómo se va al cielo”. Y en el siglo XX apareció la llamada interpretación existencial: es dentro de mí donde deben producirse cataclismos quizá cotidianos, hasta que llegue el terremoto final, mi plena conversión al evangelio. En lenguaje mítico se transmiten grandes verdades humanas y religiosas; estemos atentos a los símbolos.

Monday, November 25, 2024

La viuda

Evangelio
Lc 21,1-4
En aquel tiempo, levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en las alcancías del templo. Vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos. Porque éstos dan a Dios de lo que les sobra; pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir”.


Meditacion:
Quizá no sea del todo cierta la afirmación, casi convertida en dogma, de que “los pobres nos evangelizan”. No es raro que a la pobreza material siga la cultural y también la moral: robo, delincuencia, desesperación. Hemos conocido trapicheo de los pobres al participar en un reparto de víveres, hemos sabido de quienes han revendido a otro indigente, a veces a precio de usura, el bocadillo que les acabábamos de comprar. La pobreza severa puede deshumanizar. Lo decía muy bien en su oración el sabio bíblico: “no me des pobreza ni riquezas, sino solo el pan de cada día. Porque teniendo mucho, podría desconocerte y decir: ¿Y quién es el Señor? Y teniendo poco, podría llegar a robar y deshonrar así el nombre de mi Dios” (Prov 30, 9-11).
Jesús declaró dichosos a los pobres, pero no nos invitó a empobrecer a otros para hacerlos dichosos. Lo suyo era un grito kerigmático: Dios va a comenzar a reinar, y esto implicará que las cosas sean como él quiere, que el sufrimiento de los pobres desaparezca. El sufrimiento humano puede llevar a perder todo control, a pervertir los sentimientos del corazón. D. Quijote aconsejaba sabiamente a Sancho, gobernador de la ínsula de Baratria: “procurar la abundancia de los mantenimientos, que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la carestía” (p. II, cap. 51).
Hay una pobreza impuesta, forzada, como la que origina el haber nacido en un arrabal y tener que vivir escarbando en el muladar; y existe una pobreza de opción: tantos misioneros y colaboradores voluntarios que dejan el confort de su país y se van a otro continente a servir a carenciados asumiendo su misma condición. Esta pobreza dignifica. Y en este desprendimiento caben grados, entre lo “razonable” y lo “radical”. Esto engendra buenos sentimientos, semejantes a los de la anciana del evangelio.
Y hay una pobreza no llamativa, pero sí persistente y sin perspectiva de cambio: la familia trabajadora humilde, que vive con lo justo y a veces se queda a cero. Tal vez fue el caso de la viejecita del evangelio, que ponía su esperanza en el Dios providente que no abandona a los pobres; se quedó sin nada por el momento: ya surgirá algo. En la tradición paulina se fustiga la avaricia y se invita a la conformidad con lo necesario: “teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1Tim 6,8).
He conocido en mi propia familia, y en otras tan humildes como la mía, la acogida del mendigo transeúnte, a quien se hacía sentar en la mesa familiar y se le daba cobijo por algunos días. La Liturgia de las Horas, elogiando a la santa madre de familia, dice: “En la mesa de los hijos/ hizo a los pobres un sitio”. Es hermosa la realización literal.

 

Saturday, November 23, 2024

Dios de vivos


 Evangelio

Lc 20, 27-40
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”
Jesús les dijo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado.
Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven’’.
Entonces, unos escribas le dijeron: “Maestro, has hablado bien”. Y a partir de ese momento ya no se atrevieron a preguntarle nada.



Meditacion:
Dice Pablo en la segunda carta a los Tesalonicenses que “algunos andan muy ocupados en no hacer nada” (3,11). Y lo peor, y esto ya lo digo yo, es que piensan, se creen, que hacen mucho. Es lo que dice la sabiduría popular: que si le quieres pedir un favor a alguien, mejor se lo pides al que está ocupado de verdad porque si se lo pides al que no tiene nada que hacer, seguro que te dice que no puede.
Pues centrándonos en el tema, hay algunos que andan muy ocupados en discusiones y reflexiones teóricas pero que se quedan ahí y nunca llegan a nada. El texto evangélico de hoy es un ejemplo de cómo los saduceos se dedicaban a hacer disquisiciones teóricas inútiles. Y así pasaban el tiempo. Con esas reflexiones eternas, ya pensaban que estaban cumpliendo con Dios.
Jesús no les presta demasiada atención. Simplemente les dice que no pierdan el tiempo en esas tonterías. Y que atiendan a la vida, que es donde se juega la realidad, donde hay que amar, donde nos encontramos con Dios, donde los hermanos son de carne y hueso, donde sus necesidades se tienen que hacer nuestras. Y donde el Reino se tiene que hacer presente con todo lo que conlleva de amor de Dios puesto en práctica.
Hoy en día hay personas que se van apuntando a todos los retiros imaginables. Quieren vivir momentos de quietud, de meditación, de soledad. Y parece que hay encuentran todo lo que necesitan. Se olvidan de que todo eso puede estar bien, pero donde se juega de verdad la partida de si estamos con el Dios de Jesús o no, no es en la soledad o en meditaciones (que a veces tienen algo de “mirarse al ombligo”) sino en el encuentro con el hermano, en la vida de familia, con los amigos, en el trabajo, en la calle. Ahí es donde realmente vamos construyendo relación, fraternidad, justicia. Ahí es donde, en definitiva, el Reino se va haciendo presente en nuestro mundo. No es tanto cuestión de buscar “mi” serenidad, “mi” paz –eso tiene mucho de vivir centradito en mi mismo– sino de abrirnos al hermano y hacer de nuestra vida una vida de servicio, como la de Jesús que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.

Friday, November 22, 2024

Templo


 Evangelio
Lc 19, 45-48
Aquel día, Jesús entró en el templo y comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban allí, diciéndoles: “Está escrito: Mi casa es casa de oración; pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones”.
Jesús enseñaba todos los días en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los jefes del pueblo, intentaban matarlo, pero no encontraban cómo hacerlo, porque todo el pueblo estaba pendiente de sus palabras.



Meditacion:
La lectura del Evangelio de hoy nos lleva a aquel templo de Jerusalén rodeado de multitud de tiendas y pequeños comercios de la época. Parece que allí todo se vendía y se compraba. Los peregrinos que llegaban de lejos tenían que cambiar sus monedas porque la ofrenda prescrita para cumplir con la peregrinación solo podía hacerse en la moneda oficial del templo, además necesitaban comprar los animales que se iban a sacrificar y cambiar sus ropas y calzado rotos de los largos y polvorientos caminos de la época y comprar comida y bebida porque es de suponer que llegarían sedientos y hambrientos. Vamos que el entorno del tempo se había convertido en un gran centro comercial.
Ahí entra Jesús, enfadado, lleno de rabia –nada que ver con la imagen tierna y dulzarrona con que tantas veces se le representa en imágenes y estampas–. La casa de Dios se había convertido en cueva de bandidos. Y Jesús quiere purificar el templo y todo lo que le rodeaba.
Podemos pensar que nuestros templos no son así. Generalmente es verdad –aunque también es cierto que en torno al Vaticano en Roma y alrededor de algunos santuarios marianos y no marianos hay demasiadas tiendas donde se vende de todo–.
Pero quizá podíamos llevar la reflexión a otro nivel. Podíamos pensar un poco en nuestra oración. Y reflexionar en cómo muchas veces pretendemos convertir ese momento de oración en una especie de compraventa donde no estamos seguros de quién es el dueño del negocio y quién es el cliente. “Señor te pido… y te ofrezco x padrenuestros o avemarías o rosarios o misas o sacrificios o…” A más valor de lo que pedimos, más valor en lo que ofrecemos. A veces, cuando no lo conseguimos, pensamos que es que no hemos rezado con la suficiente fuerza o el debido fervor o que no hemos hecho el sacrificio adecuado. Y terminamos convirtiendo la oración en una especie de compraventa que hacemos con Dios. Y terminamos convirtiendo nuestros templos en mercados donde se compra y vende lo más sagrado.
¿Quieren una sugerencia? Abunden mucho, muchísimo, en la oración de acción de gracias. Porque todo es gracia. Y todo se recibe de gracia. Y no perdamos el tiempo convirtiendo a Dios en el dueño de una tienda donde podemos comprar lo que nos apetece o nos hace sentir bien. Más dar gracias y menos pedir.
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Thursday, November 21, 2024

Presentacion de la Virgen Maria en el templo


 Evangelio

Lc 19, 41-44
En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó:
“¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba”.


Meditacion:
Y entonces podemos pararnos un poco en esta palabra: familia. Porque es una realidad que ha cambiado mucho, y está cambiando, y, sin embargo, la familia permanece un valor-clave. ¿Pero sabéis cuándo fue la verdadera “revolución” de la familia? ¿Sabéis quién la hizo? Es fácil responder, porque las novedades, las de verdad, en este mundo las trajo uno solo: Jesucristo. La verdadera revolución de la familia la hizo Él. Y también la familia, Él, la ha renovado, la ha transformado. ¿En qué sentido? Nos lo dice un episodio del Evangelio, donde hay una de esas palabras de Jesús que nos dejan desconcertados, nos ponen en crisis. Lo cuentan los tres sinópticos Mateo, Marcos y Lucas. Jesús está predicando en medio de sus discípulos y a otra gente y en un determinado momento le dicen: “Aquí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte”. ¿Recordáis qué responde Jesús? Él dirige la mirada a los que estaban a su alrededor y dice: “Estos son mi madre y mis hermanos”. Y añade: “porque quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre” (cf. Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21). Esta palabra de Jesús, si lo pensamos bien, genera una forma nueva de entender la familia.
¿Veis? Al principio me he dirigido a vosotros llamándoos “hermanos y hermanas”. No es solo una fórmula, una forma de hablar convencional. No. Es una realidad, una realidad nueva generada por Jesucristo. Y como os decía, esta palabra de Jesús ha renovado radicalmente la familia, por lo que el vínculo más fuerte, más importante para nosotros cristianos ya no es el de sangre, sino que es el amor de Cristo. Su amor transforma la familia, la libera de las dinámicas del egoísmo, que derivan de la condición humana y del pecado, la libera y la enriquece con un vínculo nuevo, aún más fuerte pero libre, no dominado por los intereses y las convenciones del parentesco, sino animado por la gratitud, el renacimiento, el servicio recíproco.

Generacion

Evangelio Lucas 7, 31-35 En aquel tiempo, Jesús dijo: "¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se p...